Dicen quienes saben que los truenos son motores que los expertos andan probando allá arriba. Posiblemente alguno de ellos sea del magnífico Ayrton Senna que mordió la tierra para llegar al cielo y eternizarse como ídolo hace exactamente tres décadas.
El 1 de mayo de 1994 no fue un domingo más en el globo terráqueo y mucho menos en el mundo del automovilismo. Ese día, en San Marino, el más fantástico piloto de autos que ha dado el suelo brasileño pasó a la inmortalidad haciendo lo que más le apasionaba.
Ayrton Senna llegaba de Mc Laren a Williams con el sueño de lograr el tetracampeonato de Fórmula 1. El título se le venía negando desde 1992 cuando acabó cuarto y, al año siguiente, terminó segundo por detrás de su eterno rival Alain Prost.
La temporada 1994 era la gran oportunidad para Senna que ya masticaba la idea del retiro. Había actitudes de los organizadores que no le gustaban y una de ellas era la falta de control que tendrían los autos para ese año por una serie de modificaciones reglamentarias.
Una muestra de lo poco que disfrutaba el brasileño abordo del Williams quedaba claro en las carreras. En las únicas tres que llegó a disputar ese año, el paulista logró la pole en todas. Largó primero en Brasil y en el Gran Premio del Pacífico que se disputaba en territorio japonés pero en todas terminó abandonando.
Sin unidades en el torneo y con un Michael Schumacher que ya sacaba ventaja en la tabla de pilotos, Ayrton Senna tuvo revancha en Ímola. Largaba otra vez desde adelante en la parrilla pero su semblante ya predecía el destino fatal.
El viernes tuvo un fortísimo accidente en las prácticas su compatriota Rubens Barrichello. El sábado se mató en plena clasificación el austríaco, Roland Ratzenberger. La desazón invadía por completo el ánimo en los competidores y Senna estaba abatido en todo sentido.
Uno de sus grandes amigos era el médico oficial de la Fórmula 1, Sid Watkins, quien le sugirió que no corriese. El encargado de la salud de todos los pilotos le propuso al brasileño una escapada de ambos, a pescar, a olvidarse del Gran Premio de San Marino.
Sin embargo Senna se levantó ese domingo, leyó la Biblia, encendió los motores y salió a fondo. Completó cinco vueltas siendo primero y con Schumacher respirándole en la nunca hasta que en la curva de Tamburello siguió de largo, impactó con el muro de contención y perdió la vida.
Pasaron 30 años de aquél 1 de mayo de 1994 que cualquier persona que recuerde al bueno de Ayrton quisiera que nunca hubiese existido. El velorio fue multitudinario. Lo lloró Brasil y el mundo entero. O mejor dicho, aún lo lloramos todos a pesar que hayan pasado 30 años.
Seguramente allá, en el cielo, habrá ganado más de un título y ahora estará pescando con su amigo Sid Watkins.
Foto: Photo by JEAN-LOUP GAUTREAU/AFP via Getty Images
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