Pasa cada tanto. El rápido brillo de los ojos. No salen jugadores como Enzo todo el tiempo. Por estos días, hace dos décadas, el flaco anunciaba que ponía fin a su etapa como futbolista. La estación se hizo larguísima porque casi después de un mes y medio de vacaciones, avisó el cese de la práctica profesional.
Tenía 36 años y una colección de títulos. Fue en febrero de 1998 cuando el príncipe dejó vacante la corona tras ser multicampeón con River y brindar su última función el 21 de diciembre de 1997 ante Argentinos Juniors en el estadio José Amalfitani, dando una nueva y última vuelta olímpica.
Contemporáneo de Maradona, Francescoli construyó su idolatría en una época que no había redes sociales e internet apenas asomaba en el epílogo de su carrera. Un jugador con jerarquía y prestancia, promotor de espectáculos y grandes jugadas. A veces ganaba partidos solo.
Cruzó el Rio de La Plata para hacer historia, pero no sabía que la monarquía iba durar dos mandatos. Dejó el legado de la chilena a los polacos y regresó para alzar la Copa Libertadores, su sueño postergado en la primera etapa riverplatense.
El primer uruguayo en ser goleador de un campeonato argentino en 1984 y repitió la misma historia en los torneos 85/86 y 1994, en el recordado campeón invicto del Tolo Gallego. Enamoró Francia con su técnica, experimentó el Calcio italiano, viajó a dos mundiales, conquistó copas Américas, pero también se hizo varias veces dueño de la Argentina con el Millonario.
Si usted piensa que estoy hablando de la grilla de programación para un canal de aire, está equivocado, Verano del 98 marcó el cierre del capítulo de una era en nuestro fútbol, ya no teníamos más ni a Diego ni a Enzo pisando el verde césped.
River se convirtió en su lugar del mundo, incluso sigue siendo su casa, aunque esto no impidió que todos los futboleros lo disfruten. Francescoli una ráfaga de elegancia, mezclado entre las garrapiñadas y el Paty de cancha.
Foto: La Página Millonaria.