
Los campeones no necesariamente deben ser los mejores en todo momento. Demuestran su jerarquía en los instantes más importantes, cuando nadie se lo espera. En la adversidad. Jorge Castro es un ejemplo de esto. Más precisamente su combate frente a John David Jackson. En el Estadio de Béisbol de Monterrey (México), Locomotora conecta un cruzado de izquierda en el noveno round y defiende su cinturón del peso mediano. Después de recibir incontables golpes por parte del estadounidense, el monarca de la Asociación Mundial del Boxeo (AMB) renueva su reinado un 10 de diciembre de 1994.
El santacruceño arriba a México con 101 peleas disputadas: 95 victorias, cuatro derrotas y dos empates. Además, ostenta 66 triunfos por nocaut en su historial. Jackson, por su lado, llega con la intención de recuperar el título que la AMB le había quitado por no aceptar contiendas frente a los mejores retadores del ranking. Posee 33 enfrentamientos. Es decir, boxea poco de forma oficial. También tiene 19 conquistas a través de la vía rápida. Son dos carreras distintas, pero que tienen un mismo objetivo: la gloria.
Tras las entradas y presentaciones pertinentes, comienza la acción arriba del ring. El de Seattle es amo y señor del evento. Controla tiempo y espacio con serenidad. El centro del cuadrilátero es suyo. Roña sufre las combinaciones que caen sobre su humanidad. Está cansado, busca refugio en las cuerdas. La sangre maquilla su cara e incluso mancha la camisa del árbitro. Pero el campeón no quiere abandonar su cinturón. Y menos de esta manera. Su orgullo lo empuja a seguir. Tiene coraje.
Suena la campana que marca el inicio del noveno asalto y la tónica parece ser la misma: Jackson busca terminar con el argentino. La nariz y el párpado de Castro exudan sangre sin parar. En consecuencia, el estadounidense lo acorrala. Va por lo suyo. Locomotora, sobre las cuerdas, balancea su cuerpo y lanza un cruzado de izquierda letal. Impacta de forma precisa en la sien de su rival. Pasa lo inesperado. El retador cae a la lona completamente aturdido. Logra levantarse, aunque se derrumba de nuevo. Con sus últimos esfuerzos, se pone de pie. Pero da dos pasos y se desmorona por última vez.
El público no lo puede creer. Los entrenadores de ambos boxeadores tampoco. Con Jackson aún en el piso, el ring está repleto de personas: periodistas, camarógrafos, promotores. El de Caleta Olivia, por su parte, festeja obnubilado por su hazaña. Alza los brazos, sonríe, mira al cielo, grita. Pero la fatiga y el dolor son indisimulables. Se produce una mezcla de satisfacción y sorpresa. Lo llevan en andas porque ya no le queda energía para moverse. No hay parte del cuerpo que no le moleste. Tiene la cara repleta de sangre e hinchazón.
Antes de que el árbitro vuelva oficial a su defensa, Locomotora se sienta en la esquina. Se encuentra extasiado y agotado en igual medida. Mira al piso. A nadie más. Deja que le quiten los guantes y las vendas. Se trata de un momento reflexivo en el que repasa su recorrido. Se seca la transpiración con una toalla, mientras procesa la gesta. El estadounidense, por su parte, recobra la razón. Sin estar completamente consciente, recibe consuelos y palabras de aliento. Con este nocaut, pierde la oportunidad de redención. Sí, casi la obtiene. Pero no la alcanza.
Luego de saludar y tener un pequeño diálogo con su rival, Jorge Castro exhibe el cinturón con pasión. Posa para las cámaras. A su vez, se sube a los hombros de uno de los integrantes de su equipo. Está en el centro de la escena y tiene permitido ver a todos desde arriba. Es el campeón y acaba de defender el título por segunda vez. Cansancio. Sangre. Dolores. Una izquierda inesperada. El mundo es suyo.
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