Confieso que no lo entendia pero lo respetaba. Eran años de penuria para la Academia y mi viejo solía hasta no conformarse cuando se sumaba un punto para los benditos promedios. Y uno, acostumbrado a las malas, buscaba consuelo en el nivel del rival, analizaba al referí, confiaba en que tal vez el destino nos iba a hacer un guiño el fin de semana siguiente. Éramos dos generaciones que vivimos dos etapas muy distintas y en verdad, ahora, somos dos personas que comprendemos lo mismo.
Claro que él también vivió el descenso y la quiebra. Pero te hablaba de Federico Sacchi, fútbol de galera y bastón. Se le iluminaron siempre los ojos cuando se refería al Racing de José. Y que Perfumo, que Basile, que años atrás la pegada de Menotti, que el «Toro» Raffo. Y la lista en su mente blanca y celeste ha sido interminable: Pedrito Dellacha, el patrón del área, Corbatta, Cárdenas, Agustín Mario Cejas. Me hablaba siempre del Cilindro de Avellaneda colmado y se quedaba con un sabor poco dulce (cualquier otro calificativo podría ser digno de otras veredas) cuando en la actualidad y de local se empataba sin goles ante un rival de poca monta. En cambio uno que vivió otra realidad le buscaba la vuelta para que esa parda sea un triunfo rutilante e inapelable.
Fueron 35 años sin salir campeón en el ámbito local. En el medio una Supercopa con el que posiblemente haya sido el mejor equipo de los últimos 50 años. Sí, medio siglo. Y no dimos la vuelta olímpica doméstica porque Boca, el escritorio y AFA no quisieron. Ese equipo sí que enamoraba y cuánto daría uno por detener el tiempo por un instante y ver nuevamente a Rubén Paz desparramando magia en cada cancha. Sin embargo esas tres décadas y un lustro nos llevaban a los más jóvenes a aferrarnos a las historias de los más grandes de todos que nos explicaban lo gigante que era el club, nuestro club.
Nos pasamos los años de pobreza deportiva recitando casi de memoria algo que no habíamos vivido en primera persona: siete títulos seguidos en el amateurismo, el primer tricampeonato del fútbol profesional en el país (que pudo haber sido tetra si no hubiese existido esa huelga de futbolistas en 1948), el primer campeón del mundo y también de la Supercopa, el récord de partidos invictos en la máxima categoría de la mano de Pizzuti. Nosotros, los más chicos no, pero ellos, mi viejo, la gente que ya empezaba a peinar canas en 2001 sí habían vivido la belle époque de la Academia.
Ahí estaba la diferencia. Quienes nunca habíamos visto levantar esa copa éramos parte del «que no le importa una mierda si perdés o si ganás». Y los expertos, los historiadores del alma, los que apoyaban incondicionalmente a pesar de haberlo visto todo, no decían nada. Se guardaban para ellos el dolor profundo del presente que por suerte es pasado en el Cilindro.
Llegó el Paso a Paso y se acabó la espera. Treinta y cinco años de vísperas fallidas que acabaron en un sólo grito: Racing campeón. Se llenaron dos canchas, había toque que queda en una Argentina revolucionada políticamente y la gente salió igual a festejar a la calle. Ni todos los ejércitos del mundo hubiesen podido con el fervor desatado por tanta pasión.
Después, es cierto, volvieron algunos años de tibieza institucional y futbolística. Con el corazón en la boca, y cada vez que jugamos contra Belgrano de Córdoba, recordamos cómo nos salvamos del descenso en la Promoción. Pero el club se volvió a levantar y nadie puede negar que en los últimos mercados de pases nos llevábamos de lo mejor en el changuito.
El Rojo perdió la categoría en 2013 y un año más tarde llegaba la era de Diego Cocca en Racing. La historia se acomodaba de nuestro lado. Y se ganó el título en 2014, se clasificó a la Libertadores durante dos años consecutivos, se hizo un gran papel en todos los campeonatos y por sobre todo la gente se acostumbró a ganar.
Fueron 18 meses donde ni con los dedos de las manos se llegan a contar la cantidad de derrotas. Parecía irreal, distinto a lo vivido por muchos. Se trataba de ir al Cilindro y verlo sumar siempre, crear situaciones de gol, reponerse ante las adversidades. Pocas veces en el universo un plantel se fue ovacionado a pesar de quedarse afuera en el máximo torneo continental ante un insípido conjunto paraguayo.
En diciembre pasado se fue Cocca lagrimeando en su despedida. Llegó Facundo Sava, un hombre de la casa, y tenía todo armado. Incluso se quedaron Gustavo Bou y Luciano Lollo pero además se trajeron refuerzos importantes para afrontar la triple competencia en el primer semestre.
Racing pasó de ser la Cenicienta a convertirse nuevamente en un equipo sin alma. Y nosotros venimos de haber saboreado recientemente las mieles más exitosas de la mano de Cocca. Esperamos que se revierta este flojo arranque a la brevedad. Es cierto que de todos modos «me importa una mierda si perdés o si ganás». Pero después de haber sentido lo que es tocar el cielo con las manos, al menos durante un año y medio, hoy debo reconocer que mi viejo tenía razón al quedarse disgustado cuando Racing no era el que supo apreciar en sus mejores épocas.