El reloj decía que faltaban 21 segundos, el marcador que el local estaba arriba por un punto, y Karl Malone recibía el balón en la esquina, sabiendo que esa posesión podría llegar a definir el partido y, quizás, la serie también. El «Black Jesus» sabía también de lo que significaba que «El Cartero» tenga en sus manos el control del partido e iba a hacer lo imposible para dar vuelta la historia, para continuar el legado construido sobre sus manos… Y así lo fue.
Jordan suelta su marca y aparece por el costado derecho de Malone, sin que se de cuenta, y le roba el esférico de sus manos: él y tan solo él había dado un golpe a las aspiraciones de un rival que, por segundo año consecutivo, se iba a quedar en el umbral de los elegidos. Cruza la mitad de cancha, ya todos sabían (y sabíamos) que el dueño del último tiro iba a ser aquel mítico jugador con la 23 en sus espaldas. Y no decepcionó: Bryon Russell era el encargado de impedir que Jordan haga lo que mejor hace, nunca tuvo una doble marca a pesar de que sus rivales preveían como iba a ser la jugada. Faltando 7 segundos, desde la izquierda intenta irse hacia el centro de la cancha, hace una finta, se frena, y su marcador que hizo lo imposible para detenerlo, se resbala dejándolo a él, de frente al aro, sin marca… Se eleva, suelta la pelota de sus manos y se queda con el brazo levantado, como guiando al mismo para que ingrese en el aro. Ahí es cuando él, sus compañeros, rivales, el mundo entero se detiene para ver la parábola de la misma como sale de su mano derecha e ingresa para darle la victoria, una más, el sexto anillo para el mejor jugador de todos los tiempos, quizás el mejor deportista de todos los tiempos.
Lo que no preveíamos, era que ese iba a ser el último partido que iba a jugar con su amada camiseta de los Chicago Bulls… Después iba a intentar ayudar a los Washington Wizards, su nuevo equipo en el cual también era Presidente de Operaciones, a conseguir el objetivo de llegar a la post-temporada, pero esa ya es otra historia…