Cualquier día es un buen día para recordar al Diego. Y entre las historias imposibles del arcón Maradoniano hay una que no puedo evocar sin revivir el riguroso cosquilleo de la primera vez.
Dicen los decires que el día después que Napoli ganara el primer Scudetto de su historia, con Pelusa como líder deportivo y espiritual, apareció esa famosa bandera en el cementerio de Nápoles. “E non sanno che se sò perso” o, vagamente traducido al español, “No saben lo que se han perdido”.
Sentencia que confirma una creencia: el fútbol puede ser una herramienta transformadora. Una herramienta para hacer posible lo imposible, como por ejemplo hablar con los muertos. Y esa herramienta tuvo un artesano que llevó el concepto a su máxima expresión, que transformó su realidad, destinada al más hondo de los bajos fondos, y también la de millones de personas.
Los nacidos después del 22 de junio de 1986 nos quedamos afuera de vivir esa ínfima revancha que significó el Argentina vs Inglaterra de la Copa Mundial de México. Ese rayo de luz que sanó por pocos segundos una de las heridas más dolorosas de la historia Argentina. Pero el amor fluye y fluyó hasta inundar a las nuevas generaciones que no necesitamos más que algunos minutos, horas, de video para percibir el Fuego Sagrado de esta tierra.
El Fuego Sagrado que atraviesa a un pueblo, a una patria, que la coronó de gloria por el siglo de los siglos. ¿Gloria deportiva? Tal vez, solo tal vez.
Por eso queremos al que queremos y lo queremos como lo queremos. Por eso insistimos con mantener vivo ese Fuego Sagrado, con que nadie se quede afuera, aún si están como estaban en el cementerio de Nápoles.
Por eso a los fundamentalistas de los Balones de Oro, de los mapas de calor, a los inspectores de moralidad (ajena) y a aquellos que nos enrostran que el fútbol de hoy es distinto al de ayer les digo, «con el perdón de las damas», no saben lo que se han perdido.