En el último programa televisivo de “The Shop”, LeBron James citó a Boston como uno de los lugares más difíciles de jugar y tildó a los fanáticos de los Celtics como los más racistas de la NBA.
El racismo en Boston se remonta a las épocas de Bill Russell, o incluso antes. El histórico pívot no estuvo exento del arduo clima que se vivía en la ciudad donde debía ser ídolo. Ni sus 11 títulos con los Celtics lo salvaron de un acoso constante que excedía las canchas.
Desde vandalizar su casa rompiéndole vidrios y puertas, hasta entrar a la misma para destruir sus trofeos y defecar en su cama. Así era la “bienvenida” que le dieron los residentes de Reading, un suburbio de la ciudad, a Russell en 1957, siendo el único afrodescendiente del pueblo ubicado a 25 kilómetros de la capital del estado de Massachussets.

Boston es una ciudad anglosajona con gran inmigración irlandesa, una profunda fe católica y un marcado conservadurismo. Una ideología que se trasladó al básquetbol y que recién en 1950 comenzó a cambiar, precisamente con los Celtics, al contratar a Chuck Cooper, el primer jugador afrodescendiente drafteado en la NBA. Más tarde, en 1964, esta franqucia jugó por primera vez con un quinteto totalmente negro. Y también fue el primer equipo en tener un entrenador afrodescendiente, el propio Russell.
Sin embargo, y pese a tener un historial muy marcado con la cultura afroamericana, muchos de los ciudadanos de Boston mantienen su postura discriminatoria ante la raza negra, tanto por dentro como por fuera del deporte. Pasaron más de siete décadas y las actuales estrellas de la NBA siguen demandando racismo.
“Cuando te levantas y eres negro sabes que por cada paso que dé cualquiera, tú tienes que dar cinco más. Sabes que tienes que recorrer diez yardas más para llegar a donde quieres llegar”, señaló LeBron James en su momento tras las muertes de George Floyd y Breonna Taylor en 2020. Justamente el jugador de los Lakers es uno de los actuales portavoces más fuertes de la liga y a nivel social en la lucha contra racismo.
En su reciente aparición en el programa The Shop, LeBron fue preguntado sobre los lugares en donde no le gusta jugar y, sin dudarlo, señaló a Boston. La pregunta se responde sola: “Son racistas como la mierda. Dirán cualquier cosa y está bien. Es mi vida. He estado lidiando con eso toda mi vida. No me importa. Lo escucho. Si escucho a alguien cerca, lo reviso muy rápido y luego paso inmediatamente al partido. Van a decir lo que quieran en todo momento”.
No solo pasa con los comentarios, insultos o gestos. Los fanáticos superan los límites y van más allá de lo verbal en muchas ocasiones, a tal punto de agredir a los jugadores. “Podrían arrojarte algo. Una vez me tiraron una cerveza saliendo de un partido”, recordó James sobre el altercado que tuvo con una persona en el TD Garden allá por las Finales del Este de 2012 cuando vestía los colores del Miami Heat.
El Rey no es el primer jugador que carga contra los aficionados de Boston. En las últimas Finales, fue Klay Thompson quien se quejó del comportamiento de los hinchas a causa de los insultos que estaba recibiendo Draymond Green, sin entender cómo podían usar ese lenguaje en frente de niños, entre ellos los hijos del ala-pívot. Incluso en la previa de la serie de primera ronda de los Brooklyn Nets ante los Celtics en mayo, Kyrie Irving admitió haber escuchado comentarios racistas dirigidos hacia él durante su estadía en la capital de Massachussets.
Los propios jugadores de los Celtics han apuntado contra el tema aunque, lejos de querer señalar a su público, tratan al racismo como un problema sísmico. Tal fue el caso de Jaylen Brown, que cree “que el racismo es más grande que el básquetbol” y dio ejemplos como las construcciones y limitaciones del racismo en el sistema escolar, la desigualdad en la educación, la falta de oportunidades y la falta de vivienda y atención médica asequible.
“La lista continúa…”, sostuvo el escolta. Para Brown, “no todos los aficionados de los Celtics son racistas”, por lo que “pintar a todos de racistas sería injusto” en una ciudad donde hay “personas de todos los ámbitos de la vida, etnias y colores”. Pero no niega que en Boston “hay mucho trabajo por hacer, sin duda”.