Conversamos con Justin Everett, uno de los internos foráneos del Club Lanús que contribuyeron a la levantada en la segunda mitad de la fase regular de la Liga Argentina. Su experiencia, su arribo y adaptación al equipo y a la ciudad, y sus expectativas a futuro.
Son pocos los equipos que han apostado a fichas extranjeras en la Liga Argentina. El ya difícil tipo de cambio junto con el contexto pandemico hizo que ese tipo de contrataciones se piensen más veces que antes y, así y todo, seguía siendo una lotería para los presupuestos que incluso estos pocos equipos pudieran manejar. Lotería en el sentido de las prestaciones que esa incorporación foránea pueda aportar al equipo para que la inversión valga la pena.
Uno de estos equipos es Lanús, que si bien no tuvo suerte con los primeros dos extranjeros que trajo al inicio de la temporada regular, los recambios le trajeron ese plus que necesitaban para escalar posiciones. Uno de estos recambios es el estadounidense Justin Everett.
Nacido en Glendale, California, el 4 de junio de 1996, mide 2,06 metros de estatura y viene de jugar en la Liga de Georgia. Jugó División 2 de la NCAA para los Luberjacks de la Humboldt State University, donde se graduó como Licenciado en Ciencias en Administración de Empresas con un Major en marketing empresarial y una especialización en Economía. “Puedo decir que soy un jugador eficiente y consistente y desarraigado, puedo anotar adentro y afuera, a media y larga distancia”, explicó acerca de su estilo de juego.
Justin pasó del básquet colegial estadounidense al profesional del ámbito europeo sin escalas y con todas las diferencias que todos sabemos. “La competitividad, el nivel de la defensa, la comunicación, el plan consistente de mejorar cada día. Creo que la principal diferencia entre ambos estilos es que en FIBA es más estructurado, donde ejecutas las jugadas como en un juego de ajedrez, no hay tanta libertad. En la universidad, los jugadores aun se están desarrollando ellos y sus habilidades y tienen la libertad para encontrar el tipo de jugador que son o que quieren ser. Eso es lo que encuentro diferente, y cuando llegas a este nivel profesional ya tienes ciertas habilidades necesarias para desempeñar un rol en el equipo, ejecutarlo y que ayude a conseguir victorias”. Su primer equipo fue el BC Cactus Tbilisi del país caucásico, donde jugó 15 partidos y primedió 13,8 puntos, 7,6 rebotes y 1,3 asistencias, y con la particularidad de registrar 12 juegos con doble-doble figura. Y como en casi todo el mundo, la pandemia cortó la liga de Georgia antes de que se cancele.
Justamente, ese contexto lo obligó a volver a casa y poner en pausa su travesía como jugador profesional: “Desde Europa me mandaron a casa y pasé un año en Las Vegas, donde mi familia vive ahora. Cuando llegué todo estaba cerrado, quitaron todos los aros de los parques, todos los gimnasios estaban cerrados por lo que no pude conseguir alguno para tirar. Creo que pasé unos dos o tres meses simplemente haciendo ejercicio sin siquiera lanzar una pelota. Pasé muchos días al aire libre, como si hubiera vuelto a mis días de escuela secundaria, entrenando y pasando tiempo bajo un árbol, bajo el sol. Fue un año muy muy largo en casa”.
Por supuesto que el hecho de volver con su le genera muchas contradicciones a un jugador: “Fue muy duro el no hacer nada más que pasar tiempo con la familia. Fue la primera vez que me quedé en casa por todo un año. Estuve 5 años en la universidad (viviendo en el campus) yendo a casa sólo unas cuantas semanas al año y después en el verano volvía para continuar entrenando y poniéndome en condiciones”. Pero con las diferentes aperturas, Everett pudo volver a reactivar su carrera y encontrar dónde volver a ponerse las zapatillas: “Finalmente pude hacer algunas conexiones cuando todo empezó a abrir, pude ir a un gimnasio y hacer algunos ejercicios con gente notable y pude conseguir la oportunidad de venir a Argentina”. Aunque confesó que “no sabía nada excepto que Lanús jugaba la segunda división”.
Este nuevo paso fue tan incierto como cuando salió por primera vez a buscar trabajo como un jugador profesional, pero parece ser que Justin le encontró el gustito a jugar overseas (como los estadounidenses llaman al jugar fuera de su país). “Mi parte favorita de jugar en el extranjero es la experiencia que ganás, no solo en la cancha sino fuera de ella. La oportunidad de conocer gente con diferentes caminos de vida. En todos los gimnasios donde estuve, al menos hasta ahora en Argentina, son no necesariamente chicos sino más compactos, se siente como un ambiente más chico, se siente como más cercano. Estaría bueno sentir eso con las tribunas llenas de hinchas, siempre y cuando se vea qué pasa con la pandemia”.
Su actual lugar en el mundo es Lanús, en la zona sur del Conurbano Bonaerense; un tanto alejado del centro de la Ciudad de Buenos Aires, la principal postal que los extranjeros tienen de nuestro país: “Hasta ahora mi vida en Lanús está siendo bastante buena. Como se sabe, no pude explorar tanto como quisiera por la pandemia, me gusta conocer diferentes lugares y ver cosas nuevas, tomar fotos. Así que fue un poco duro el estar solamente en la casa, creo que desde que llegué a Argentina estuve más encerrado que cuando estuve en casa así que tuve que ajustarme un poco. Pero me gusta, el clima es lindo acá”. Pero no vino de vacaciones, sino a jugar al básquet, y en ese aspecto “el club se encarga de mí, así que sólo tengo que trabajar duro y mantenerme en mejoría cada día”.
Un aspecto importante a la hora de vivir acá es la comunicación, pero parece que Justin no tiene mayores problemas con ello: “Tomé clases de español en los tres años de secundaria, fue hace un tiempo ya y quizás mi español esté un poco oxidado, pero puedo entender la mayoría de las palabras que usamos en la cancha y otras cosas así. Así que fue una transición fácil, no fue necesario saber un montón de español para venir y jugar con gente que lo habla todo el tiempo”.
El llegar a un nuevo país, a una nueva organización, puede presentar distintos escenarios para desempeñar la tarea, y el llegar a un equipo ya armado y rodado despierta la incertidumbre sobre cómo encajar en él para ganarse un lugar: “Mis compañeros, desde el primer día que llegué acá no hicieron más que darme la bienvenida, hacerme sentir como parte de una familia, dejarme ser simplemente yo mismo y realmente no puedo pedir más que eso. Contenerme con los brazos abiertos, aun cuando llegué a mitad de la temporada. Hay un montón de cosas que debo aprender, un montón de esquemas defensivos que incluso me traducen al inglés para poder estar preparado. Son cosas con las que tenemos que lidiar para que nos ayuden a estar donde estamos ahora y unidos”.
En los 13 partidos que jugó con la camiseta Granate, encontró un socio de lujo para un jugador interno recién llegado, el experimentado base Lucas Pérez: “Es la gran definición de un ‘atleta profesional’. Cuida su cuerpo, hace lo correcto, se mete en el gimnasio, usa la cabeza. Le pregunto por diferentes vibras y diferentes escenarios. Trato de aprovecharlo para ampliar mis conocimientos del básquet FIBA para ser más eficiente en la cancha y ayudar a mi equipo a ganar”.
En su segunda experiencia como profesional, Justin Everett se muestra predispuesto a que la vida y el básquet lo sorprenda y lo llene de herramientas para ir construyendo una carrera: “Si tengo que decir qué quiero sacar de esta experiencia en el básquet y en la vida, diría que quiero crecer como persona y jugador dentro y fuera de la cancha. Tratar de aprender de toda la gente que me rodea y q estuvo haciendo esto desde hace más tiempo que yo y espero poder continuar haciendo esto por más tiempo y, al final del día, hacer lo que haga falta para ganar”.
Antes de disputar la sede de Olavarría con Lanús, Everett promedia alrededor de 31 minutos en cancha, 18,2 puntos (51,9% en dobles, 20% en triples y 75% en libres), 10,5 rebotes y 0,8 tapas en 13 partidos.



