JAVIER ZANETTI, EL VERDADERO EMBAJADOR ARGENTINO

No ganó un Mundial ni una Copa América, tampoco una Libertadores y ni siquiera un torneo local en su país de origen. Sin embargo Javier Adelmar Zanetti conquistó mucho más que eso a lo largo de su carrera como futbolista y una vez retirado de la competencia. No es Maradona o Messi, es el eterno «Pupi» del sur del Gran Buenos Aires que a base de sacrificio, humildad y seriedad ya se ganó un puesto en la FIFA para dejar en alto la bandera de la República Argentina.

Seguramente el Diego podrá tener una gran relación con Gianni Infantino. Posiblemente «La Pulga» sea la debilidad del mandamás italiano. Pero detrás de todos ellos, en silencio, se erige la figura de un hombre que hizo inferiores en Independiente de Avellaneda, debutó en Talleres de Remedios de Escalada, fue transferido a Banfield y luego recaló en el Inter de Milan para convertirse en un ser irremplazable en cada sitio por donde dejó su huella.

En el Tallarín jugó 33 partidos, un decimoctava parte de lo que transpiró la pilcha nerazzurri en el viejo continente. Sin embargo le valió para ser un ídolo de la institución de Timote y Castro a la que regresa constamente para dar una mano en todo lo que tenga a su alcance.

Zanetti, aquél tractor que no se olvida de sus orígenes ni de las notas que le hacían cuando recién aparecía en el fútbol argentino por su pasado como ayudante de albañilería, jugó en el Taladro duplicando la cantidad de presentación con respecto a Talleres. Su gran ida y vuelta le valió una venta en 1995 al Inter donde jugó 19 temporadas, 859 partidos, anotó 21 goles y ganó 16 títulos. El restante a nivel colectivo fue un oro panamericano con la Selección Argentina en Mar del Plata y luego, también cosechó, una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de 1996.

Distinciones individuales por doquier, apodado «Il Capitano» por los propios tifosi en Milan, jugador con mayor cantidad de presencias en el seleccionado, superando a Roberto Ayala, y en el Inter, por encima de históricos como Giuseppe Bergomi o Walter Zenga. Pero todo esos logros fueron números, estadísticas, proezas vacías para un lateral que decidió volcarse a lo humanitario y crear la Fundación PUPI (Por Un Piberío Integrado). Entonces allí empezó a ayudar a los que menos tienen como alguna vez él tuvo sus propias carencias en el barrio de Dock Sud.

Pero Zanetti creció. Como jugador y como persona. Fue un señor y lo es. Su imagen nunca llegó a vender como la de los astros del fútbol mundial pero tenerlo cerca cotiza más que cualquiera. Así fue como el presidente del club italiano, una vez retirado, le ofreció raudamente el puesto de vicepresidente. Y la Conmebol lo postuló para que ocupe un cargo en la FIFA quien terminó aceptándolo el pasado martes tras un plenario en Suiza.

No esquivó ingleses, tampoco le dieron balones de oro. Sí gambeteó a la fama que no logró encandilarlo para convertirse en un ejemplo dentro de este deporte. Aprendió de chico con esas changas de albañil a construir una vida digna de imitar. Así llegó a la casa madre del fútbol mundial, Javier Zanetti, el «Pupi», el verdadero embajador argentino.

Acerca de Marcelo Patroncini 24434 Articles
Nació en agosto de 1982. Leonino y soñador. Desde chico jugaba a ser periodista con la máquina de escribir que había en su casa. Amante del fútbol, la gastronomía y los viajes. En 2005 fundó Vermouth Deportivo junto a Fran Alí.