Lo buscó, lo aguantó, lo acompañó. Una vez más José Mourinho obró como si fuese un padre para sus jugadores. Toda la presión caía sobre el entrenador que pidió refuerzos para pelear arriba y, por el momento, le ha dado resultado. En la noche del martes, Paulo Dybala acabó con su sequía, metió un doblete y le besó las manos a José Mourinho.
El fútbol deja imágenes que hablan por sí solas y esta será una de ellas. El argentino fue una de las figuras indiscutidas en la goleada de Roma por 3 a 0 sobre Monza por la cuarta fecha de la Serie A. Más allá de la ovación que recibió tras sus dos goles, también el público le regaló una lluvia de aplausos cuando salió reemplazado.
No era que estaba cansado ni mucho menos. Mourinho sabía que Dybala ya había cumplido y era el momento justo para sacarlo de la cancha con el clamor popular. Iban 19 del segundo tiempo cuando el cartel se elevó por los aires e indicó que Stephan El Shaarawy ingresaba en lugar del cordobés.
La voz del estadio arengó a la gente que no necesitaba de ningún empujón como para ovacionar al ex Juventus. En su camino triunfal hasta el banco de relevos, el argentino se cruzó con su actual entrenador, una bestia de esas que brillan del otro lado de la línea de cal hace décadas.
La imagen, claramente, hablará por sí sola y quedará eternizada en los corazones de los tifosi Giallorossi. Dybala le besó la mano a su amo, al magnífico Mourinho, al que le dio un título internacional a La Loba y eligió quedarse en la capital italiana para seguir buscando la gloria con el mítico elenco romano.
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