El reloj avanza hacia la inexorable definición y los nervios en buena parte de la Nación Futbolera se incrementan. La Selección Argentina se juega ante Perú mucho más que el ticket dorado a Rusia 2018, sobre la mesa también encontramos el prestigio y la tradición de un país que creció con la pelota bajo la suela. Quizás sea hora de poner a la redonda en el centro de la escena.
Vivimos bombardeados por información, encadenados a nuestro teléfono inteligente y consumiendo constantemente data. El fútbol ocupa buena parte de todo eso que devoramos sin filtro, ni hablar en estos momentos donde la Selección Argentina está a horas de disputar uno de los cotejos más trascendentes de su historia.
Que La Bombonera o El Monumental, que Wanda e Icardi, que Infantino, que Macri nos habla de lo que ocurrirá dentro de trece años, que los chamanes peruanos, que Messi necesita un psicólogo y el baño químico que Sampaoli instaló en el medio del barro para los periodistas. El establishment de nuestro periodismo deportivo parece esforzarse para hablar de cualquier cosa menos de fútbol, o lo que es peor: Muchos nos quieren hacer creer que todo lo anteriormente mencionado es hablar de fútbol.
La delgada línea entre informar y entretener está atravesada por el ego, en algún punto dejamos de buscar opiniones en los canales de comunicación para empezar a consumir periodistas. En el medio de esta línea reflexiva, que algo o poco tiene que ver con lo que vendrá a continuación, hay un partido de fútbol.
La nueva AFA, que también se juega mucho hoy en La Bombonera, inició esta semana una campaña propagandística a favor del equipo nacional bajo el lema “Es la hora de alentar”. Todos los equipos de la Superliga se fundieron en esta consigna para las cámaras, como si el verdadero poder de cambiar la actualidad de nuestro fútbol estuviera exclusivamente en manos de aquellos que pagarán fortunas para asistir al partido.
Todo lo que sea positivo suma, y no está mal que la casa madre de nuestro fútbol sea quien inicie la arenga. Sin embargo quizás tengamos la solución frente a nuestras narices, o mejor dicho bien cerquita de nuestros pies.
El fútbol salvará al fútbol, incluso es posible que esta multimillonaria industria solo se sostenga en la (todavía) impredecible posibilidad que la bocha pegue en el palo y entre o salga. Es hora que los jugadores privilegiados con defender el manto sagrado se hagan cargo de su envidiable posición y jueguen. Solo jueguen.
Pelota al piso y tenencia, concentración para encontrar a un compañero y desfachatez a la hora de romper líneas con un solo movimiento. Confianza, claro que sí, pero la misma reposa en el indudable talento que todos los seleccionados para este compromiso tienen.
Cuando las papas queman y los tiempos se acortan, quizás ayudaría mucho que el cambio se inicie también desde dentro del alambrado. Que el cuerpo técnico cambie fotos con proyectores por fotos con pelotas, que los jugadores hagan solamente lo que mejor saben, eso sobre donde construyeron sus carreras deportivas.
El aliento puede o no cambiar la realidad inmediata, lo mismo las buenas vibras. No busquemos respuestas futbolísticas donde no las hay, volvamos a las raíces, recuperemos el espíritu lúdico.
Si esto es un juego, juguémoslo. La historia demuestra que lo hacemos como nadie.