Opinión.-
Corría el año 2000 y yo ya estaba insertado en este mundo precioso que gira en torno a una pelota de fútbol. Qué las figuritas, que las guiás de los torneos, jugar al prode y completar el fixture. Así se pasaban mis días.
«Parece que viene Montenegro» me dijo mi viejo -una tarde de verano en Avellaneda-. ¿Quién será Montenegro? En seguida comencé a fijarme en mis figuritas y en mis guías, claro. No existía internet, o sí, pero en casa todavía no había ni computadora. Sorpresa fue la mía cuando descubrí dos Montenegro repartidos en el fútbol argentino. Lo cierto es que mi viejo se estaba refiriendo a Daniel Gastón, al Rolfi, al 10 de Huracán, al pibito que la rompía toda y le pegaba fuerte al arco. El otro era Ariel, hermano de Rolfi, que también llegó al Rojo aquel verano del 2000.
Ese equipo dirigido por Enzo Trossero en el Clausura terminó de despertar mi pasión por Independiente y, entre tantas figuras, Daniel Montenegro fue amo y señor del campo de juego a lo largo de toda la campaña. Las ofertas no tardaron en llegar y Rolfi voló a Europa. Pero él se había quedado con una deuda pendiente: ser campeón en el Rojo.
El Apertura 2002 duró lo que dura un equipo que juega bien a la pelota. La sociedad Insúa, Montenegro, Silvera quedará en la historia y Rolfi terminó de sellar su amor con el hincha. Luego de ese exquisito título, la institución entró en una debacle deportiva, financiera y social. Por Independiente pasaron cientos de futbolistas realmente sin capacidad de vestir la camiseta del Rey de Copas y la hinchada comenzó a aplaudir laterales a favor dejando una clara muestra de paupérrimas actuaciones de los jugadores que saltaban a la cancha con la roja puesta. En medio de toda la vorágine, Rolfi se besaba la camiseta de River y el hincha de Independiente veía como la 10 de su equipo la usaba un ignoto brasileño Sergio Manoel.
Injustamente castigado, Daniel Montenegro tuvo que bancarse el reproche de varios puñados rojos. Pero él volvió, una vez, dos veces. Y jugaba, y metía goles, y era el mejor, y siempre vacunaba a los vecinos. Pero esta relación fue así, por una cosa o por la otra existía un murmullo recurrente. A él lo discutían. No se discutió ni a Osmar Ferreyra, ni a Matías Defederico, ni a Ernesto Farías, ni a Juan Caicedo, ni a Leandro Gioda, ni a… seguiría por horas. A Rolfi se lo discutía porque siempre estuvo ahí.
Daniel Gastón Montenegro demostró una fidelidad tajante con el Rojo, aún siendo fanático del Globo. Será por eso, que muchos -muchísimos, porque de algo estoy seguro es de que somos más los que sabemos apreciar a los jugadores distintos- lo recordamos y le vamos a estar siempre agradecidos por todo lo ofrecido, por saber vestir la camiseta de Independiente de impecable forma.
La noticia de su retiro impactó. Mil imágenes se vienen a la cabeza y, por algo en especial, en todas ellas Rolfi está gritando un gol, un gol a Racing. El fin de su dilatada trayectoria lo encuentra en Huracán, en el club de sus amores, donde comenzó toda la historia. Ahora soy yo quién le va a explicar a mis hijos sobre la existencia de un tal Montenegro y, claro, cuando lo busquen se preguntarán ¿por qué fue criticado si le dio tanto a Independiente y por qué otros mediocres pasaron desapercibidos?