Domingo 28 de junio. Por la fecha número 28 de la Serie A, el estadio Ennio Tardini supo ser el anfitrión de un encuentro sorprendentemente dinámico entre los «cruzados» y los «nerazzurri». La victoria fue para los dirigidos por Antonio Conte, que sufrió el partido más que ninguno desde el banco.
El Inter tenía que ganar si quería seguir prendido a la pelea por el campeonato: no podía dejar más puntos atrás, luego de ser derrotado por Lazio, Juventus y haber dejado dos puntos en el camino, en la última fecha como local frente a Sassuolo. El equipo no se haya dentro del campo, pero la actitud y la calidad sobra.
Por su parte, el Parma venía dulce: había derrotado en la fecha anterior al Genoa por 4-1 en su visita al Stadio Luigi Ferraris. Además, a pesar de no acumular muchas victorias, se convirtió en un equipo difícil. Su juego plagado de mañas y efectividad defensiva, se tornó una característica que le dio al elenco de Roberto D´aversa muchas satisfacciones acompañadas de un fútbol ordenado y predecible, pero molesto para quien deba enfrentarlo.
En el cotejo, las emociones no tardaron en llegar. Parma tomó la delantera en el marcador bien temprano, con uno de esos goles que duelen cuanto más pasan los minutos en el reloj. A los 15 minutos, Kucka dejó a todos perplejos con un cambio de frente hacia adelante, que recorrió vía aérea más de 30 metros hasta caer en los alrededores del área chica, más precisamente en los pies del eterno Gervinho. El oriundo de Costa de Marfil encontró el hueco en dos amagues (luego de un control envidiable) y fusiló a un Handanović que sólo pudo ver el balón cuando estaba inflando la red. ¡Golazo!.
De aquí en adelante el encuentro sería monótonamente intenso y dinámico. ¿Es eso posible?, sí. El bucle se repetía jugada tras jugada: intentos de los de Milán por encontrar el empate, se frustraban ante el defensivo juego del Parma. Cada llegada era interesante y daba cuenta de un trabajo en equipo que poco a poco da sus frutos, pero que tiene sus mayores falencias en la mitad de la cancha (más específicamente en la rotación del balón). El Inter fue un equipo puramente vertical, que se basó en un ataque intenso basado en un Romelu Lukaku realizando un trabajo sucio dentro del área, un Lautaro Martínez que salía a buscarla e intentaba ser preciso en cada oportunidad, y un Eriksen que no pudo encontrarle la vuelta al partido.
La situación se vivía intensamente desde afuera. Los bancos de suplente ardían cada vez que existía una falta. ¡Y ni hablar cada vez que el VAR analizaba una jugada!, el ambiente estaba espeso, y el árbitro, Maresca, amagó varias veces con sacar tarjetas.
El entretiempo llegaba y la tensión crecía. El complemento no trajo sorpresas acerca del trámite del juego. Los locales apenas intentaban atacar, agazapados en su propio campo, abrazados a los tres puntos que los harían subir en la tabla para soñar con el acceso a alguna copa. El Inter seguía frustrándose a medida que los minutos pasaban. Desde afuera, lo vivía a flor de piel, al nivel que el arquero suplente, Tommaso Berni era expulsado (75 minutos) por su efusividad a la hora de protestar jugadas.
Todo parecía irse terminando. Pero el fútbol no se cansa de dejarnos atónitos con su factor sorpresa. A los 83 minutos, un Kucka encendido, que estaba jugando un partido muy bueno hasta el momento (siendo claramente uno de los más determinantes dentro del campo), se fue expulsado. Y en ese momento se vendría la debacle del Parma.
En el córner que siguió a la jugada de la expulsión, Lautaro Martínez (siempre oportuno y disponible para ser incisivo) logró ganar en las alturas y con su cabeza impulsó el balón hacia el centro del área. De Vrij sumó el segundo cabezazo en el área y la mandó a guardar. ¿Dos cabezazos en el área? ¡Gol!. Llegaba el tan ansiado empate de los «Nerazzurri».
Victor Moses y Alexis Sánchez habían ingresado sobre el final para más contundencia y aire fresco en el ataque de los de Conte. Justamente fue el nigeriano Moses quien a los 87 tomó el esférico dentro del área y armó una jugada espléndida por la banda, para luego realizar un envío certero a la cabeza de Alessandro Bastoni: el italiano de 21 años puso la «testa» y la empujó a la red. Cabezazo devastador para poner arriba a los visitantes, que explotaron luego de una remontada que buscaron todo el partido.
Fue final, 1-2 a favor de un Inter que, sin brillar, se quedó con tres puntos esenciales para pelear por el campeonato e intentar asegurarse un puesto en copas internacionales.