En homenaje a los 74 años de la inauguración del Palacio Tomás Adolfo Ducó, Vermouth Deportivo rescata un texto publicado en su revista sobre uno de los estadios con mayor estima que tiene el Fútbol Argentino. La Quema ha sido desde siempre considerada una de las canchas más atractivas del país, y aquí repasamos su historia.
Huracán tomó contacto con el terreno donde actualmente se encuentra su estadio en el año 1924, el Globo tenía 16 años de vida y ya había salido dos veces Campeón de Primera División. En aquel agostó jugó su primer partido en el predio formado por las calles Amancio Alcorta, Luna y Miravé, uno de los últimos rincones en Parque Patricios. Perimetrado por tribunas de madera y con capacidad para doce mil espectadores el flamante Estadio Jorge Newebery convivió con la Quema Municipal, espacio vecino que terminó atravesando de lleno la idiosincrasia de la institución.
El Globo jugó en su cancha de madera hasta noviembre de 1942, cuando dio inicio formal a la construcción del estadio de cemento. En el medio ganó otros dos títulos de Primera División y su Comisión Directiva realizó la compra del predio que nunca más el club abandonó. La obra demoró poco menos de seis años y en 1947 el Club Atlético Huracán inauguró su nueva casa, quinta cancha de material construida en el país.
El club de Parque Patricios dejaba atrás una etapa imborrable. Puntualmente en lo edilicio destacar la remoción de un velódromo que rodeaba el campo de juego y en donde se realizaban importantes carreras en dos ruedas. También anécdotas con tintes fantásticos, como aquella que recuerda guirnaldas con luces que atravesaban el field de tribuna a tribuna para alumbrar más allá de la luz natural.
Aquel domingo 7 de septiembre de 1947 el Globo derrotó a Boca por cuatro a tres en un cotejo correspondiente al campeonato de Primera División, Quemeros y Xeneizes arrastraban una fuerte rivalidad competitiva desde el amateurismo. Las crónicas de época hablan de ochenta mil espectadores en una cancha que se había pensado originalmente para noventa mil, además se mencionaba se destacaba lo coqueto del Estadio, ligándolo por primera vez con un “Palacio”. Allí se fundaron las bases de un apodo acompañado por la llamativa estructura de la construcción, con salones y su característica torre.
Vale destacar un texto publicado por el Diario Crítica el día después del cotejo inaugural, escrito por el reconocido poeta y célebre Quemero Homero Manzi, quien estuvo presente en la cita: “La historia de los barrios porteños está escrita, sin duda alguna, en los libros de acta de los clubes de barrio. Huracán es casi la historia misma del Parque de los Patricios. Alrededor de su nombre Pampero, giran los recuerdos del barrio sur. Al Globo rojo sobre campo blanco –heráldica suburbana- están adheridas las cosas del barrio, y los cafetines del barrio, y los baldíos del barrio…con melancólicas suturas”
Si bien Huracán no volvió a mudar su localía, más allá de circunstanciales excepciones, recién en 1949 se realizaría el estreno oficial del ya Palacio Jorge Newbery en un partido amistoso ante Peñarol de Montevideo. El ex futbolista Quemero Néstor Naya explicó el motivo de la tardía oficialización en el recomendable libro “Por el Siglo de los Siglos” de Gustavo Catalano.
Naya, único futbolista presente en las “dos inauguraciones” del nuevo estadio, contó que en 1947 no hubo ningún tipo de acto oficial en la previa al cotejo, simplemente se jugó como en cualquier otra oportunidad. En cambio ese 11 de noviembre de 1949 hubo una reunión antes del partido con la presencia de autoridades nacionales.
Ese partido amistoso en el que Huracán goleó por 4 a 1 a Peñarol tuvo además otros condimentos, fundamentalmente por haber sido el primero que se disputó en el Palacio con luz artificial. Pero además la Selección Nacional Argentina formó parte de una exhibición previa ante un combinado de la segunda categoría. Y más, jugaron en aquel conjunto Carbonero los futbolistas uruguayos Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, mismos que un año más tarde convertirían los goles con los cuales Uruguay derrotó a Brasil en la Final del Mundial 1950, el mítico Maracanazo.
Estos nombres dan lugar para remontarnos a una situación que llena de orgullo al Pueblo Quemero condimentando la tradición histórica del Palacio, refiero a la cantidad de nombres importantes que jugaron en Luna y Alcorta. Y no solo leyendas del Globo como Herminio Masantonio, Baldonedo, Norberto Méndez, René Orlando Houseman y los Campeones de 1973, también quienes posiblemente puedan ser considerados como los cuatro futbolistas más destacados en la historia del Fútbol mundial: Alfredo Di Stéfano, Pelé, Diego Armando Maradona y Lionel Messi.
Di Stéfano vistió la camiseta de Huracán, Maradona lo visitó jugando para Argentinos, Boca y Newell´s mientras que tanto Pelé como Messi lo hicieron de forma informal, este último en un entrenamiento abierto que la Selección Argentina realizó en la previa al Mundial de Rusia 2018. Lo de O Rei remonta al amistoso que disputaron Huracán y Santos en 1973. Además una curiosidad, los 43 futbolistas Campeones de Mundo con Argentina jugaron en el Ducó, siete de ellos con la camiseta del Globo.
Repasando algunos otros acontecimientos importantes, en septiembre de 1967 en Estadio pasó a llamarse oficialmente Tomás Adolfo Ducó, en homenaje a quien fuera el presidente de la institución durante la construcción e inauguración de la cancha de cemento. Diez años después se realizaría la, al momento, última remodelación trascendente; se construyeron palcos y cabinas de transmisión.
En noviembre de 2007 el Palacio Ducó fue declarado por la Legislatura Porteña como Patrimonio Histórico y de Defensa Estructural de la Ciudad de Buenos Aires, lo cual asegura la presencia del Estadio y también la conservación de su fachada original.
Quedará para otra entrega el arraigo cultural que ha logrado el Ducó por fuera del deporte, con recitales neurálgicos del rock nacional y la reconocida escena de la galardonada película “El secreto de sus ojos”. Pasan los años y el Palacio se mantiene con su estética única y magnetismo por fuera de los colores, más allá de cierta deuda histórica que varias generaciones de directivos tienen con su mantenimiento y puesta en valor.
El Pueblo Quemero tiene en su cancha un motivo de orgullo genuino, que aplica también a la construcción global de nuestro fútbol.