NBA: LA IMPORTANCIA DE SABER PEDIR AYUDA, LA VIDA DE MIKE SWEETNEY

Archivo Google.

Por: Ignacio Miranda | @nachomiranda14

No importa en el lugar o en la situación en la que uno se encuentre, siempre van a existir tiempos malos que nos superen; y en algunas de esas situaciones, el saber pedir ayuda puede salvar la vida. Éste es el caso de Michael Sweetney.

Era el mejor jugador de su edad en Washington DC cuando estaba en la secundaria. Fue una estrella universitaria en Georgetown y pick 9 del Draft de 2003. Lamentablemente, sufrió una grave depresión días después y, luego del retiro, vivió en la calle. En el camino, debió superar vastos contratiempos para encontrarse a sí mismo. Él es Mike Sweetney y esta es su historia. 

Oriundo de Washington DC, el pivot comenzó a dar sus primeros pasos en Oxon Hill. Tenía un talento innato para el baloncesto y, especialmente, mucha inteligencia. Sin embargo, desde pequeño sufrió problemas de peso y tenía malos hábitos alimenticios, le encantaba la comida rápida. La naranja era su refugio y allí los kilos de más no importaban. Podía hacer de todo, desde jugar de base hasta postearse en la pintura. Esto le valió ser la estrella de su equipo en la secundaria.

Tal es así que, en su último año de colegio, fue galardonado con el premio de jugador del año que otorgaba el Washington Post. Además, sus rendimientos le valieron la mirada de múltiples universidades. Pero él sólo tenía una en mente, una que lo obligaba a irse lejos de casa: la prestigiosa Georgetown University, famosa por su historial de desarrollar un linaje de internos del más alto nivel, encabezado por el ex jugador Patrick Ewing. 

Lo mejor por venir 

Allí aprendió a controlar su peso, a comer un poco más sano y a evitar la comida chatarra. Esto le permitió explotar por completo su potencial. A partir de eso, fue oro puro y promedió 18.2 puntos durante las tres temporadas que estuvo en la NCAA. La punta del iceberg se dio en su último año, cuando era junior. Recibió una mención honorable como All-American, fue finalista del Naismith College Player of the Year y uno de los candidatos para el premio John R. Wooden.

También fue el único jugador del país en integrar el Top 20 en puntos y rebotes, y se fue de Georgetown siendo el séptimo jugador de la historia de la universidad en puntos (1,750), el quinto en rebotes (887) y el sexto en tapas (180).

Tanta calidad y facilidad para desempeñarse en el básquet le permitieron ser uno de los grandes proyectos de cara al Draft de 2003. Mike no la tenía fácil, ya que en el sorteo estaban talentos del calibre de LeBron James, Dwyane Wade, Carmelo Anthony y compañía. Así y todo, Mike fue elegido en la novena posición del por New York Knicks. Inmediatamente se paró, saludó a su madre y luego se fundió en un abrazo infinito con su padre. Minutos después recibió un apretón de manos y una gorra con el logo del equipo por parte de David Stern. 

Ex estrella universitaria, niño mimado de todos y elegido en el Top 10 de un Draft llamado a ser uno de los mejores de la historia. Sweetney tenía todo para ser feliz. Al menos, cualquiera en su lugar lo estaría. Pero esto no fue así para Mike. 

Días después del sorteo, en el inicio del training camp, el pivote recibió la peor noticia. Su padre, quien era su figura e ídolo desde siempre, había fallecido. Lejos de casa, y batallando una profunda depresión, Mike no sabía a quién recurrir. Estaba inmerso en la oscuridad. Entre kilométricas noches de hotel, giras y viajes por doquier, Mike no sabía cómo adaptarse, mucho menos pedir ayuda. Sus compañeros no entendían lo que le pasaba y los fanáticos ya comenzaban a fastidiarse. Sus números eran bajos y no contaba con muchos minutos en cancha. 

El fondo como recuerdo

Esta combinación tóxica de situaciones formó una bomba de tiempo que lo llevó a tomar una drástica medida. Pastillas de por medio, Mike había decidido (sin pensar mucho) terminar con su vida en un hotel cinco estrellas en Cleveland. “Todavía recuerdo esa noche, sólo tomé un puñado de pastillas con la esperanza de irme. Pero me desperté la mañana siguiente y pensé: ‘No funcionó’. Así de mal estaba”, recordó Mike en una entrevista que brindó al portal HoopsHype.

De ser un gran jugador en Georgetown al integrante número 15 de la rotación de Knicks, el básquet ya era sólo un trabajo para el de Washington. Nadie podía calmarlo, tampoco escucharlo. En consecuencia, su único refugio volvió a ser la comida. “Cuando mucha gente se deprime, se droga o se emborracha, pero, para mí, la comida era mi droga”, rememoró Mike hace un tiempo. Esto provocó un drástico aumento de peso y sus minutos en cancha se redujeron aún más. 

Apenas aguantó una temporada más y luego emprendió rumbo hacia Chicago Bulls. Allí la realidad tampoco mutó por arte de magia y el bueno de Mike seguía luchando por su salud. Con una familia a sus espaldas, la pelea podría haber sido conjunta, pero no sabía cómo expresar su dolor. Desafortunadamente, Chicago tampoco logró renacerlo y, desde 2007 hasta 2009, no jugó siquiera un partido con el equipo de la ciudad del viento. Nada lo motivaba, quería dejar el básquet para siempre. 

En ese momento tocó fondo. Decidió separarse de su esposa por un tiempo, dejó a su familia y se pasó los días viviendo en su auto o en algún parque. Mike se sentía un verdadero fracaso y por ello se había alejado de todos. 

Por suerte, todas las tormentas alguna vez se detienen y Sweetney decidió ponerle punto final a su depresión para comenzar una batalla hacia la luz. Sabía que debía recuperarse, no sólo por él, sino también por su esposa y sus hijos. Con ultimátum de su mujer mediante, Mike finalmente cedió y fue a ver a un especialista en salud mental. 

El viaje que modificó todo

Durante los primeros años, el pivote se resistió a tomar medicación y no tuvo significantes avances. Todo cambió cuando decidió ir a jugar a Biguá en Uruguay. Allí vio diariamente a un psiquiatra y comenzó a encontrar maneras de lidiar con su depresión. “De alguna forma lo sabía, sólo necesitaba oírlo de alguien más. Que me digan que todo era real”, recuerda Mike.

Desde ese preciso momento, su placer por la vida aumentó. Ya no estaba en la NBA, pero había vuelto a disfrutar de la naranja. Esto le permitió jugar en toda Latinoamérica, en equipos de Puerto Rico, Venezuela, Uruguay y otros, derrochando risas y talento en cada rectángulo de parquet. 

Pero como eso no era suficiente, Mike tomó coraje y gradualmente se convirtió en una voz de los oprimidos. Fue uno de los predecesores de la importancia de la salud mental en la NBA y en el básquet alrededor de Estados Unidos. 

Actualmente, el ex jugador da conferencias y habla con chicos que padecen lo mismo que él. Usa su historia como ejemplo de que se pueden vencer las batallas internas para volver a ser feliz y disfrutar con los seres queridos en paz con uno mismo. También creó su propia fundación para alcanzar a más jóvenes, ya que tiene el objetivo de que las personas tomen conciencia de que la salud mental es un tema que atañe a todos y que nadie debe ser juzgado por ello. 

La búsqueda de la felicidad 

“En este momento mi vida es genial, tengo una esposa, tres hijos y relaciones sólidas con amigos y familiares. Hubiera amado continuar mi carrera NBA, pero creo que todo pasa por una razón. Estoy emocionado de estar donde estoy ahora”, confesó Mike.

Mucha gente permanece en silencio ante la depresión, con miedo a contar lo que le ocurre. Su historia es una moraleja y una enseñanza que debe ser escarmentada por los que están sufriendo y no se animan a decirlo.

Jamás se rindan, nunca dejen de luchar, así como el bueno de Mike

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*