NBA: LAS DOS CARAS DE LA VIDA DE STEVE FRANCIS

Gentileza: hiphopwired.com

Por: Ignacio Miranda | @nachomiranda14

-Cuando sus enemigos estaban en las puertas, los romanos suspendían su democracia y apuntaban a un hombre para que proteja la ciudad. No era considerado un honor, sino un servicio público.

-Harvey, el último hombre al que apuntaron para proteger a la República, se llamaba César y nunca renunció a su poder.

-Bueno, está bien… O morís siendo un héroe o vivís lo suficiente como para ser un villano. Quien sea que sea Batman, no quiere seguir haciendo esto por el resto de su vida. ¿Cómo podría? Él está buscando alguien que tome su manto.

Bruce Wayne, Rachel Dawes y Harvey Dent discuten y llegan a la conclusión de que, sin importar qué buena acción se pretenda lograr, siempre se producirá la misma porción de mal que de bien y que lo único que puede salvar al ser humano de su propio e inevitable fracaso es la muerte.

El mismo ejemplo se podría aplicar para atisbar la situación de Steve Francis, que a lo largo de su vida combatió con ese incesante Dr. Jekyll y Mr. Hyde, intentando escaparse de sus propios demonios internos que lo condenaron para siempre, hasta el final de los días.

Para entenderlo, hay que comprender su estirpe y su duro pasado. Nacido el 21 de febrero de 1977, se crio en Takoma Park, Maryland, en una casa en la que -en una noche cualquiera- llegaban a dormir hasta 18 personas. Era el más chico de los cuatro hijos de Brenda, una enfermera tan pero tan solidaria que no le importaba darles techo a todos los integrantes de la familia.

Sobrevivían con lo justo, intentando alimentarse con cupones de comida y haciendo lo que sea para ganar algún dinero extra. Violencia, armas, abusos y una epidemia del crack en su apogeo diversificaron las aristas de una sociedad que ya estaba perdida cuando Steve apenas existía. Su padre lo abandonó cuando tenía dos años y el primer recuerdo de su progenitor sigue vivo y presente, a pesar de que fue muy duro, como cuando uno ve un espíritu o algo paranormal que jamás logra olvidar. Fue a visitarlo a la cárcel y tanto él como su madre fueron requisados antes de poder ingresar, siendo tratados como criminales sin siquiera serlo.

Los estigmas de la familia

Sus hermanos siguieron el camino de su padre y rápidamente se metieron en el mundo de la noche, trabajando como dealers en vastos barrios de la ciudad. Pero Steve era diferente y su madre, que sabía lo que tenían entre manos sus hijos más grandes y hacía la vista gorda por la necesidad que pasaba su familia, no quería el mismo destino para el más pequeño. Brenda lo vigilaba siempre desde la ventana de su departamento y hasta le impartió un toque de queda.

Las restricciones aguantaron poco y, a los 10 años, Steve ya estaba en las esquinas trabajando con sus hermanos, escondiendo bolsas de drogas varias debajo de su lengua, en las zapatillas o cualquier rincón de la zona que sufra del factor de invisibilidad a la hora de la aparición de los uniformados.

Un teléfono público, una pelota de básquet y drogas ocultas eran el acervo de elementos que Steve cambió por su niñez. Profesores, contadores, abogados y médicos se acercaban a calmar sus vicios y Francis era el dueño de todas las recetas que otorgaba los remedios, mientras picaba la naranja sin pausa ni prisa.

Steve no conocía la rutina, ni la estabilidad, y lo demostraría en la cancha y en la escuela. Como era muy pequeño de altura, en John F. Kennedy lo cortaron y esa fue la primera gota que comenzó a rebasar su botella, forzando al joven a que deje el básquet por un tiempo. En su segundo año de High School logró entrar al equipo, pero esa vez fueron las malas presentaciones académicas las que le permitieron disputar apenas dos partidos en la temporada.

En total, fueron seis las escuelas en las que intentó jugar. La maldita burocracia no le permitió hacerlo y, por culpa de la prohibición del distrito escolar del condado que no le concedió la chance de competir por tratarse de transferencias interestatales, esa escueta suma de dos partidos fueron todos los que pudo disputar el bueno de Steve, que antes de ser mayor ya tenía al sistema en su contra.

¿Cómo triunfar cuando todo está mal? ¿De qué manera sobresalir cuando ni siquiera se puede competir? La arena movediza en la que se encontraba Steve tuvo solución en los circuitos de AAU, lugar en el que pudo triunfar y hacerse conocido a partir de su gran capacidad de salto y talento para improvisar.

Lamentablemente, en esa época llegó el golpe más duro de su vida: su mamá falleció de cáncer. Ese fue el punto de inflexión definitivo que lo trasladó de tiempo completo a la calle. Se convirtió en dealer y se olvidó de todo, escondiendo el dolor con billetes de cien, alcohol y la aceptación de morir o pasar la vida en prisión.

Salvado por un ángel

“Te estoy contando cómo te va a ir. Dentro de diez años vas a ver a los mismos tipos en las mismas esquinas haciendo la misma mierda. Y llevarán las zapatillas más nuevas, los últimos modelos. Pero los vas a observar y van a ser un año mayor y otro año mayor y seguirán haciendo la misma mierda, y seguirán siendo robados todos los días. Podés hacer algo diferente”. Ese fue un llamado de atención para Steve. Se lo había dicho Tony Langley, un policía retirado devenido en entrenador que dirigió a Francis en el equipo de AAU que el chico dejó cuando su mamá falleció.

La reflexión tuvo efecto y, tras un buen torneo en Florida, un técnico de San Jacinto College estaba listo para reclutarlo. “Esto es lo que tu madre hubiera querido”, le dijo a Steven su abuela. No necesitó más nada y, en 1996, empezó a jugar a nivel colegial. En esa temporada, Francis demostró lo bueno que era y su equipo llegó hasta las finales nacionales.

Aquel gran rendimiento le dio otra chance y, la campaña siguiente, se mudó al Allegany College de Maryland, en donde, a sólo dos horas de su hogar, dio un salto en su juego y en su altura, llegando a medir 1,91 metros en su segundo periplo universitario. Según él mismo confesó, en ese exacto momento nació la leyenda de Steve Francis, cuando sus promedios se elevaron hasta los 22,7 puntos, 9,2 asistencias, 6,9 rebotes y 5,8 robos. Volcadas espectaculares, clase y diversión a caudales, reuniendo a multitudes y aplastando a sus rivales sin discriminación de edad, tamaño o contextura. Nada lo detenía. Nada.

Desde ese momento, su juego fluyó como el rey desnudo que se paseaba sin ropa por los pasillos en la ficción de Hans Christian Andersen y, en 1998, se transfirió a Maryland University. En el primer nivel de la NCAA ya no tenía nada que hacer y, tras una campaña en la que tuvo cifras de 17,0 puntos, 4,5 rebotes y 4,5 asistencias, tomó la decisión de estampar su nombre en el Draft de la NBA de 1999.

Con un tatuaje de Brenda en el brazo y un futuro prometedor por delante, Steve Francis se puso la gorra de los Grizzlies cuando lo seleccionaron en el pick nueve del sorteo, en voz del legendario David Stern. En esa época, los osos estaban situados en Vancouver, en un sitio muy lejano.

Justamente ese lugar sería el foco de conflicto en su llegada a la NBA, alegando la distancia de su hogar en Maryland, los impuestos, los auspiciantes que perdería y -sí, aunque no lo crean- la voluntad de Dios. Criticado por todo aquel nacido en Canadá, Steve logró algo histórico sin siquiera pisar la cancha: que una franquicia lo traspase después de haberlo elegido.

Rebelde con causa

Las negociaciones lo pusieron en los Rockets tras un acuerdo gigantesco que involucró a tres equipos y 11 jugadores (hasta ese momento el mayor traspaso en la historia de la NBA), y su impacto fue inmediato. En Texas se sintió cómodo y, en su primera temporada, compartió el premio al novato más destacado con Elton Brand.

Formó una gran relación con Yao Ming, que también estaba dando sus primeros pasos en la liga. Pero cuando Jeff Van Gundy llegó al equipo en la 2003/04, sus récords decrecieron en todos los sentidos, pasando de 21,0 a 16,6 puntos en apenas una campaña de diferencia. El nuevo coach de los Rockets quería encajonarlo a un rol y Steve era todo contrario. Su esencia siempre fue la de un caballo suelto y lo que menos necesitaba era ser domado.

La relación se rompió definitivamente en 2004, cuando los Rockets decidieron traspasarlo a los Magic después de 374 partidos. Steve pensó que estaba asentado en Houston y que terminaría su carrera en esa franquicia. Sin embargo, la vida le tenía otros planes. Le dolió tanto esa situación que jamás se volvió a sentir de la misma forma en una cancha.

A excepción de sus primeras dos temporadas en Orlando, en las que promedió más de 15 puntos, el desaforado base nunca regresó a su versión original y deambuló por los pasillos de la liga, pasando de franquicia en franquicia sin pena ni gloria, desde los Knicks en la Gran Manzana hasta una vuelta truncada en Houston, donde jugó apenas 10 partidos en la 2007/08.

La peor noticia

Al borde del ahogamiento, lanzó un último manotazo en China, intentando combatir en Beijing Ducks, pero ya era demasiado tarde. En el transcurso de algunos cambios de estaciones, Steve pasó de ser una estrella de la NBA a un tomador empedernido, destrozado por la vida y deprimido no sólo por la falta de básquet, sino también por haber recibido una noticia desgarradora: su padrastro, una persona que Francis amaba y respetaba, se había suicidado.

“Estaba bebiendo mucho, es lo que sucedió. Y eso puede ser igual de malo. En unos años perdí el básquet, perdí toda mi identidad y perdí a mi padrastro, que se suicidó”, confesó Francis en una nota que escribió en The Players Tribune.

Poco a poco, Steve fue juntando los trozos rotos y, en noviembre de 2016, ingresó a un centro de rehabilitación para derrotar al alcoholismo. Además, en abril de 2017 se declaró culpable de un cargo menor por manejar en estado de ebriedad, siendo multado y castigado con una leve sentencia.

En la actualidad, podría decirse que está limpio, pero su combate con la vida se mantiene como en aquellas esquinas de Maryland, en la que la encrucijada sólo contemplaba la muerte o la cárcel. Todavía intenta alejarse del mal, aún cuando todos los días el diablo viene a golpear.

Mientras tanto sonríe y no lo cree.

“No puedo creer que yo haya jugado un minuto en la NBA”.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*