DE PANDILLAS A LA NBA, LA VIDA DE DEMAR DEROZAN

Gentileza: @clutchpoints

Por: Ignacio Miranda | @nachomiranda14

No todo es color de rosas en las historias de vida de los deportistas, y ésta es la de Demar DeRozan. El escolta de San Antonio Spurs creció en un ambiente de mucha violencia y se apoyó en el deporte para salvar a su familia.

Estrellas de famosos en el piso, sushi en los restaurantes, locales de Gucci, Dolce & Gabbana y Armani en cada cuadra, relojes de oro, anteojos lujosos y autos extravagantes. Todo eso y más se puede encontrar en Hollywood, el lugar al que muchos van a cumplir sus sueños. Quieren ser actores, modelos, empresarios y millonarios, caminar por esas calles y ostentar su riqueza en cada respiro.

En el mismo lugar, a unos cuantos metros, está un barrio en el que esas fantasías se quiebran. Lleva el nombre de Compton y la expectativa de vida en aquel recóndito espacio es de apenas 78,4 años. Disparos, peleas, asesinatos y drogas forman parte de la parafernalia de la zona, en la que la guerra es la paz y el ruido el silencio.

En medio de todo eso nació DeMar DeRozan, un caluroso 7 de agosto de 1989. Hijo único, llegó al mundo para salvar la vida de sus padres, Frank y Diane. Especialmente la de su madre, que había perdido la esperanza cuando se enteró que estaba aguardando un hijo. Justamente por eso, su progenitora lo llama el bendito.

La vida en Compton giraba en torno a una pandilla que ejercía el poder ejecutivo: los Poccet Hood Compton Crips o, simplemente, los Crips. Antes de la religión, el deporte, el básquet o el habla, estaba, está y estará siempre la identidad de esa banda. Y hasta el día de hoy se lo puede ver a DeMar haciendo señas en alusión a ellos en algunos de sus partidos.

Pero con la compañía y el sentido de pertenencia, también vienen las pérdidas y el sufrimiento. A los 5 años, DeRozan tuvo que asistir a su primer funeral. Su tío Kevin recibió un tiro que le atravesó el corazón por parte de un miembro de la banda rival, denominada Bloods. En esa zona, esta pandilla es su mayor archirrival y hora tras hora se pelean sin parar hasta la actualidad.

Esto lo fue endureciendo y, poco a poco, se fue curtiendo hasta acostumbrarse a la muerte, conviviendo y aprendiendo de ella. En ese lugar, curiosamente, empezó a nacer su amor por el básquet. “No podía esperar al fin de semana para que pudiera llevarme”, contó DeMar en una entrevista para ESPN, en la que explicaba cómo su padre lo llevaba a los entierros y en medio de eso jugaban un rato para despejarse.

La naranja mecánica

Desde Lueders Park hasta Gonzalez Park, Wilson Park y Compton College, DeRozan fue creciendo en las canchas rústicas e improvisadas de la calle, protegido por los Crips y la gente del barrio, que sabían que el pequeño podía tener un futuro prometedor en el básquet.

Además, su papá lo cuidaba y también lo intimidaba. Medía 1,93 metros y pesaba 117 kilos, por lo que al joven no le quedaba otra que intentar sin éxito, cual Sísifo, vencerlo en cualquier funeral. “Suave. Llorón. A tu rival no le va a importar eso. No sos nada”. Frank lo desafiaba constantemente, preparándolo para el mundo exterior. Y como el diamante se gesta cuando hay presión, DeMar jugaba mejor al enojarse.

La vida en ese entonces no era fácil y un domingo cualquiera, cuando DeMar estaba en séptimo grado, fue a visitar a su tío a un sitio cercano y, por supuesto, aprovechó el viaje para jugar un rato con Frank. Pero, eventualmente, el pequeño se dio cuenta que su papá no podía levantar la mano izquierda. Al día siguiente, Diane tuvo que llevar a su hijo al hospital… Su esposo había sufrido un derrame cerebral.

Por si eso no fuera suficiente, a la mamá le diagnosticaron lupus en esa época, una dolorosa enfermedad autoinmune que hace que los tejidos y órganos del cuerpo se ataquen a sí mismos. En consecuencia, DeMar quedó más vulnerable que nunca y tenía dos opciones: dedicarse a la vida en la calle con los Crips o enfocarse en el básquet.

El juego sagrado

Sin dudarlo, se concentró en lo segundo y su talento habló en la cancha. En su último año en Compton High School promedió 29,2 puntos y 7,9 rebotes, liderando a la escuela a un récord de 26 victorias y apenas 6 derrotas. Las distinciones individuales también fueron múltiples: MVP de la Moore League, All-State de California, miembro y campeón del torneo de volcadas del McDonald´s All-American y participante del Jordan Brand Classic y el Nike Hoop Summit.

Tenía 17 años y universidades de la magnitud de North Carolina o UCLA lo deseaban, pero él decidió comprometerse con la USC. La institución estaba a 20 minutos de Compton y DeMar sentía que se encontraba a 20 ciudades de distancia. Nunca antes había salido de su lugar de origen y todo era diferente, a pesar de la proximidad entre los dos lugares. La gente era completamente distinta, sus compañeros tenían notebooks y las llaves de autos caros en sus bancos de cada aula. Era un divergente. No podía comunicarse.

Por suerte, su lenguaje del básquet era universal y, en aquel rectángulo bordó, fue colosal. Fue titular en los 35 partidos de los Trojando, promediando 13,9 puntos, 5,7 rebotes y 1,5 asistencias por juego que le permitieron hacer historia. Sus 485 puntos lo ubican en el tercer lugar de todos los tiempos entre los novatos de USC y sus 201 rebotes son el cuarto más destacado de la historia entre los debutantes de la universidad.

La urgencia condicionando el futuro

No obstante, la faceta que más le costaba era el tiro de tres y, en su etapa universitaria, no había podido desarrollarlo. Así y todo, DeMar decidió presentarse al Draft de la NBA y dar el siguiente paso en su carrera. Su urgencia no pasaba por lo deportivo, sino por ayudar a su madre y la enfermedad que la atacaba con cada vez más fuerza.

Los Raptors se arriesgaron y, en aquel sorteo de 2009, el pick nueve marcó su nombre. Llegaba una nueva etapa y las cosas comenzarían a salir bien. Su primera temporada no fue ideal desde lo deportivo, pero con la tranquilidad de estar ayudando económicamente a su familia, el resto era secundario. En la 2009/10, apenas promedió 8,6 puntos y apenas lanzó 16 triples en los 77 juegos que disputó.

En la temporada baja, el de California sabía que debía mejorar como sea y no hizo más que trabajar en su juego y en su lanzamiento, entrenando sin pausa, transpirando y esforzándose como le había enseñado su padre. El universo, con los años, le retribuyó todo y, poco a poco, fue explotando hasta que, en la 2013/14, su media en puntos se elevó hasta 22,6. Desde ese momento, DeRozan nunca más promedió menos de 20 tantos en una campaña.

Todo llega con persistencia

La vida hoy lo encuentra en los Spurs y algunos rumores de su partida lo invaden. Nada de eso importa, DeMar sigue enfocándose en lo que puede controlar, con la serenidad de haber superado todos los obstáculos que una persona normal no podría imaginar.

Entre los disparos, las guerras de pandillas, las muertes y las pérdidas, allí va el joven de Compton que sólo quería jugar y honrar a su padre, que mientras estaba internado en ese maldito hospital le dijo como pudo: “No puedo morir. No puedo morir hasta que vea que lo logres”.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*