INGLATERRA: LINEKER Y AQUELLAS LÁGRIMAS DE GASCOIGNE

Foto: Imagen de TV

«El fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de una pelota y, al final, siempre ganan los alemanes» sentenció Gary Lineker tras caer en semifinales de Italia 90 frente a Die Mannschaft por penales. Sin dudas, a los 30 años, podía tratarse de la última Copa del Mundo para uno de los más grandes artilleros que tuvo este deporte. Y, sobre todo, porque además Inglaterra no clasificó luego a Estados Unidos 1994.

Diez goles en dos citas máximas. Seis en México 86 para convertirse en el máximo anotador de ese certamen. Los restantes fueron contra Irlanda, Camerún, y Alemania en Cagliari, Nápoles y Turín. En total firmó una libreta de 48 festejos en 80 encuentros disputados con su Los Tres Leones.

Gary Winston Lineker nació un 30 de noviembre de 1960. Debutó en el ascenso y fue ídolo del Leicester City. Eso le valió un lugar en el Everton donde le fue aún mejor. El Barcelona de España posó la mirada en este hombre que recibía el «Balón de Plata» en su primera Copa del Mundo. Sin embargo, previo a Italia 90, regresó a su país para defender la pilcha del Tottenham.

En los Spurs fue compañero de un chico tocado por la varita mágina. Paul Gascoigne apenas tenía 20 años cuando debutó en la Selección y se trataba de una de las grandísimas promesas del deporte británico. Incluso, más tarde, fue clave en varios títulos del Glasgow Rangers de Escocia. Pero había ciertos aspectos de él, intrépido, desfachatado, que había que manejarlos con sumo cuidado.

Gazza tuvo un gran Mundial en Italia 90. El gran Gary también. El doblete del delantero frente a Camerún en cuartos de final fue clave para meterse en un durísimo encuentro de semifinales frente a Alemania. En el global, Inglaterra jugó mejor pero no le alcanzó. Y sin embargo, en ese encuentro, las cámaras captaron una imagen que hablaba a la perfección de estas dos joyas del balompié inglés.

Gascoigne contaba con una habilidad suprema y se divertía en cada partido. Estaba cumpliendo un sueño tal como él lo reconoció. En el túnel previo al pleito con Holanda, se divertía tocándole los rulos a Ruud Gullit. No lo hacía con intenciones antideportivas. Él era así, un adolescente eterno.

Hasta que el mundo de sonrisas y bromas desapareció por completo de la cara de Gazza cuando el brasileño José Roberto Wright lo amonestó en el tiempo suplementario del encuentro frente a los germanos. El mediocampista ya había recibido una amarilla, en octavos de final, contra Bélgica. Y esta nueva cartulina lo dejaba indefectiblemente sin una final.

Iban 98 minutos de la semifinal cuando Gascoigne le entró fuerte a Thomas Berthold y no le dio más remedio al árbitro que mostrarle la tarjeta. El ex Newcastle trató de concentrarse en el juego sabiendo que aún restaba más de un cuarto de hora pero no pudo evitar la angustia. Y Lineker, astuto, como esos jugadores que son entrenadores dentro de la cancha, le avisó al cuerpo técnico de Bobby Robson sobre la situación.

Por esas cosas del destino, Wright más tarde amonestó a Andreas Brehme cuando tuvo que ser expulsado. Justamente por una patada criminal sobre Gascoigne que ya había secado sus lágrimas y volvía a hacer de las suyas. Mientras tanto, el gran Gary, lo seguía de cerca y no le temblaba el pulso para convertir su penal. Aunque ese haya sido el último juego juntos en una Copa del Mundo. Y aunque Lineker, después de eso, nunca se haya dedicado a probar suerte en la carrera como entrenador.

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