RIVER – BELGRANO: CRÓNICA DE UN DÍA AGITADO

Para un periodista todos los partidos son únicos e irrepetibles pero hay algunos, en particular, que requieren de mayor atención en todo sentido. Aquél 26 de junio de 2011 no fue un día más, fue despertarse con el nerviosismo de lo objetivo. River Plate podía perder la categoría y, después de varias coberturas de contiendas claves, se sabía que este iba a requerir tener todos los sentidos en alerta.

Belgrano ya había batido al Millonario en Córdoba por 2 a 0 lo cual generaba cierto dramatismo a lo que pudiese suceder esta tarde en Núñez. Los muchachos de Juan José López debían imponerse por dos goles de diferencia para hacer valer, como mínimo, la ventaja deportiva y conseguir la permanencia. No parecía para nada imposible y, en las adyacencias del Monumental, se respiraba un clima tan tenso como de confianza.

Barajé ir en automóvil pero más tarde desistí. Era un domingo de partido con todas las entradas agotadas. Las posibilidades de encontrar rápidamente un estacionamiento eran inversamente proporcionales a las de encontrar el vehículo roto en caso que el Pirata mantuviese la diferencia. Eso sí, algo no podía entrar en tela de juicio, debía llegar temprano al estadio.

Tres horas antes del inicio, Avenida del Libertadores era un caos de tránsito. Bajé en el cruce con la calle Blanco Encalada y percibí que no era una tarde más en Núñez. En las esquinas, y a casi un kilómetro de distancia del Monumental, los policías se agrupaban de a cinco, seis, siete. Como el River – Boca de la Libertadores 2018. Un tufillo raro para un encuentro trascendental.

Los controles pertinentes, más exhaustivos que en cotejos anteriores, y ubicarse en el pupitre de prensa del estadio. Era una tarde soleada y ya, sesenta minutos antes el inicio, no cabía un alfiler más. Aliento. Genuino, de corazón, y una canción que el Millonario había popularizado por ese entonces.

«Y no dicen nada, no se escucha nada, le cerramos el culo a todas las hinchadas. No alcanzan las tribunas, las alcanzan las entradas, le demostramos lo que es River en las malas» retumbaba el hormigón del mítico recinto que aplaudió a sus jugadores cuando salieron a la entrada en calor. Claro que también llegó el «esta tarde cueste lo que cueste». Había, ineludiblemente, un compromiso con la grandiosa historia.

La marea del Millonario tapaba cualquier tipo de cántico de la parcialidad Pirata que estaba justo arriba mío, que gritaba a más no poder, pero que nadie llegaba a distinguir lo que cantaban. Era el dueño de casa el que imponía las normas y el que no dejaba que la fiesta fuese de color Celeste.

El gol de Mariano Pavone a los 5 minutos del primer tiempo llevó tranquilidad a la gente de River. El 99,9 porciento de los mortales creyó que pronto llegaría el segundo tanto y la pesadilla terminaría en una promoción que nadie olvidaría pero cuyo final feliz le pondría un moño a tanto sacrificio. Antes de la media hora, Sergio Pezzotta se comió un alevoso penal sobre Leandro Caruso que podía significar ese 2 a 0. Reinaba la tranquilidad, el equipo parecía estar firme.

Sin embargo, en la complementaria y con el atardecer ya oscureciendo el panorama, llegó lo peor. A los 16 del segundo tiempo empató Guillermo Farré y el clima cambió rotundamente. Ya no era un gol más y se liquidaba el asunto. El Millonario debía meter dos y el reloj le jugaba completamente en contra. Media hora, murmullos, cambios ultra ofensivos del «Jota Jota» y un poco de paz con un penal a su favor.

Pavone se paró frnete a la pelota a los 24 minutos del segundo tiempo. Si entraba, River quedaba nuevamente a tiro de la salvación. Pero Juan Carlos Olave, con la ley del ex en versión arqueros, contuvo el remate que desató la locura del pueblo Celeste que empezó a escucharse con mayor claridad desde sus tribunas.

Qué sé yo qué cantaban, que si la Mona, que Rodrigo, que no sé qué de Talleres, de Instituto, o de Racing. Era como levantarse Schiffer arriba de un Fiat 600. Parecía imposible, el sueño del pibe. Ni Roberto Fontanarrosa, ni Eduardo Sacheri hubiesen redactado un cuento así. Hubiese sido muy fantasioso.

Pero el tiempo se consumió, la pelota no quiso entrar y River quedó condenado a una de las páginas más tristes de su historia. Pezzotta lo tuvo que terminar a los 44 minutos del segundo tiempo porque volaba de todo. En la zona de prensa se escuchaban las radio cordobesas con una euforia descomunal, como si le hubiesen arrancado el bozal a un dogo. Lloraban unos y otros, de tristeza y de alegría.

Como periodista quería captar todos los recuerdos para luego volcarlos a las páginas de Vermouth Deportivo. Como humano le presté el hombro a más de un partidario local pues comprendía claramente el dolor que sentían así como también le estreché la mano a algunos amigos de La Docta que estaban más felices que vago con una piscina llena de Fernet.

Llegué a las 12 al Monumental, ir a la zona de vestuarios era un riesgo total. Sobre Udaondo vi como la montada iba de un lado hacia el otro. También como un puñado de eufóricos sacudían un movil de televisión. Detonaciones por aquí, por allí. Ya era hora de guardar el rol de periodista y esperar que acabe la barbarie. Me terminé yendo ocho y media de la noche en el auto de un gran amigo de Radio Rivadavia. Agarramos Lugones y a varios kilómetros del Monumental todavía se veían vallas, restos de mampostería. Llegar a casa, ducharme, y cenar no fue todo. Era el momento de reflexionar qué le habían hecho a River. Sin dudas, aquél 26 de junio fue una de las coberturas más agitada que tuve en mis casi dos mil partidos como periodista.

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