ITALIA 90: MARADONA ALMORZÓ YA VESTIDO PREVIO AL PARTIDO CON BRASIL

Foto: Imagen de TV

Concentradísimo, con el tobillo inflamado a más no poder, pero con la Albiceleste pegada a la piel. Diego Maradona, más allá del futbolista, es un universo infinito de historias. Muchas de ellas han sido contadas, otras se guardarán eternamente bajo siete llaves, y también están las que miles de veces han quedado en el olvido.

El tercer puesto de Argentina en la zona de grupos transformó a «Pelusa» en un visitante codiciado para el norte del país. Italia 90 seguía muy de cerca los pasos del astro del Nápoles que ya había jugado dos partidos, frente a la Unión Soviética y Rumania, en el San Paolo. Sin embargo, los flojos resultados lo mandaron del sur al norte. Y no sólo Brasil sino todo Turín lo esperaba con los colmillos afilados, los cubiertos en las manos, y la servilleta colgando debajo de la pera.

La Selección se alojó cerca del aeropuerto pero, no por ello, lejos de los flashes. Todos sabían que ahí estaba el «Diego», el que hacía delirar a los napolitanos, al que podían odiar por esa diferencia racial que hay entre las regiones en Italia. Y, claramente, con semejantes monstruos en un mismo recinto, la estadía no fue del todo cómoda.

La noche del sábado 23 de junio, exactamente hace 30 años, se celebró un casamiento en el salón del hotel. Obviamente los jugadores no participaron pero la novia le regaló el ramo al propio Maradona. Él mismo lo recordó contando su biografía en el libro «Yo soy el Diego de la gente». También dejaba en claro cuánto le dolía aquél tobillo y, además, el buen clima que reinaba entre los compañeros.

Para el mediodía del domingo 24 de junio hubo un pastas con carne. La gran mayoría vestidos con un polo Adidas de color negro. Carlos Bilardo, el entrenador, fiel a sus cábalas con su chomba de siempre. Pero faltaba «Pelusa» quien irrumpió en el lugar ya vestido para salir a la cancha (sólo le faltaba cambiarse los pantalones). Sí, fue y se sentó a la mesa con la Albiceleste puesta y el diez en la espalda.

Después llegó el momento de abandonar la concentración y salir para el estadio. Y Maradona se sentó en la primera fila del bus, con una vincha, anteojos de sol, pero la camiseta de Argentina puesta a diferencia del resto. Potrero puro y un amor por el fútbol como pocos otros han demostrado. El universo de Diego quedó plagado de historias infinitas y esta valía la pena desempolvarla a tres décadas de aquella inolvidable serie de octavos de final contra Brasil en casa de la Juventus.

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