ITALIA 90: EL SOVIÉTICO QUE JUGÓ EN CUATRO SELECCIONES MENOS EN LA DE SU PAÍS

Foto: FIFA

Las guerras separatistas de principios de los noventa generaron, no sólo rupturas territoriales y socio-políticas, sino que también desparramaron por distintos lares a los deportistas que, en alguna ocasión, defendieron otra bandera. Tal vez, uno de los casos más conocidos, sea el de Davor Šuker quien transpiró la pilcha de Yugoslavia y luego la de Croacia. No obstante, en la infinidad de profesionales que tuvieron que acomodar su nacionalidad, apareció la historia de Ájrik Tsveiba, el georgiano que jugó para cuatro selecciones pero nunca para la de su país.

Nacido en Gudauta un 10 de septiembre de 1966, el zaguero debutó en el Dynamo Sokhumi siendo menor de edad. Su buen nivel lo llevó a ir creciendo en la categoría de los traspasos hasta llegar al poderoso Dynamo de Kiev que le valió, sin dudas, la mirada del cuerpo técnico de esa Unión Soviética que se alistaba para disputar el Mundial de Italia 90.

Con el Ejército Rojo preparado para medirse a Rumania, Camerún y Argentina, le llegó la convocotaria por parte de Valeriy Lobanovskyi. Y, si bien no disputó ningún partido en esa Copa del Mundo, estuvo en el banco de relevos tanto en los dos juegos que se realizaron en Bari como en la derrota frente a la Albiceleste en Nápoles.

Tsveiba continuó siendo parte fundamental de aquél elenco pero, la URSS, empezaba a desmembrarse. La Caída del Muro de Berlín en Alemania, la Perestroika de Gorbachov, y las intenciones serias de separatismo de muchos territorios, no sólo desembocó en guerras y hambre, sino también en la aparición de nuevos países.

El protagonista de esta nota jugó el último partido de la historia de la Unión Soviética, el 13 de noviembre de 1991, ante Chipre. Aquél seleccionado arrasó en las eliminatorias para la Eurocopa de 1992, dándose el gusto de eliminar de semejante cita a Italia, Noruega y Hungría con quienes también compartía la zona.

Como la URSS dejó de existir formalmente el 1 de enero de 1992, los deportistas quisieron hacer uso de su boleto rumbo al torneo de los mejores combinados del viejo continente. Diez días más tarde se formó la Comunidad de Estados Independientes que, en un parpadeo, fue autorizada por FIFA para competir, en el certeman que se llevaría a cabo en Suecia, algunos meses más tarde. Tal vez, la historia quería, que el primer encuentro tuviese algo de sabor a Guerra Fría y por eso mismo se midieron en un amistoso ante Estados Unidos por un triunfo por 1 a 0.

Tsveiba pasó de cantar el himno de «La Internacional» a escuchar la novena sinfonía de Beethoven bajo la nueva bandera del CEI que albergaba a muchos estados que iniciaban sus nuevos caminos a excepción de Lituania, Estonia y Letonia. Y así como el defensor estuvo en el último juego de la Unión Soviética, también estuvo en el debut de su nuevo seleccionado que empató con Alemania y Holanda, perdió con Escocia, y pasó sin pena ni gloria para la Eurocopa para luego desaparecer definitivamente.

El breve periplo de la Comunidad de Estados Independientes, formada solo para la cita del viejo continente, le dio lugar a las nuevas Federaciones como la ucraniana que se había fundado en diciembre de 1991 y que fue aceptada por FIFA en 1992. La de Rusia, en contrapartida, recuperó el nombre que supo tener hasta 1917 con la caída del régimen zarista. Y así también aparecieron Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Moldavia, Turkmenistán, Uzbekistán, e increíblemente Georgia, la tierra del zaguero que buscaba un nuevo país que lo cobije para seguir disputando encuentros internacionales.

La realidad es que del CEI muchos optaron por sumarse a las filas rusas pero Tsveiba estaba teniendo un año fantástico en el Dynamo de Kiev y prefirió probar suerte con la escuadra ucraniana. Así fue como en un amistoso frente a Hungría, un 26 de agosto de 1992, jugó su único partido para una nueva patria. Atrás había quedado La Internacional y también la novena sinfonía de Beethoven. El defensor mundialista debía escuchar otra melodía en su tercer himno como deportista.

Ucrania le dio sólo esa oportunidad a un zaguero que optó por dejar la comodidad europea para probar suerte en el creciente fútbol japonés que empezaba a plagarse de figuras para potenciar su candidatura para la Copa del Mundo 2002.

Algo desaparecido de los primeros planos, Tsveiba empezó a destacarse en la primera división nipona cuando le cayó un llamado inesperado. Rusia necesitaba experiencia para enderazar su nave rumbo al Mundial de Francia en 1998. En las eliminatorias había empatado con Israel y Chipre lo cual generó algo de preocupación en el cuerpo técnico de Ignatev Boris que optó por contar con los servicios del otrora defensor de la Unión Soviética, la Comunidad de Estados Independientes, y el seleccionado Azul y Amarillo.

Un 8 de junio de 1997, ante los israelíes, el zaguero defendió su cuarta nueva camiseta. Como la Federación rusa se hizo cargo de la continuidad de la URSS, el futbolista podía volver a defender esa patria que ya nada tenía de aquél Ejército Rojo que custodiaba el sistema comunista. De hecho, su nuevo himno se llamó «La Canción Patriótica».

El protagonista de esta historia llegó hasta el repechaje donde perdieron con Italia y se perdió la chance de jugar un nuevo Mundial. Rusia fue la última selección de Ájrik Tsveiba que volvió a las competencias locales, jugó para el Dynamo de Moscú y acabó retirándose en el AEK Larnaca de Grecia en el año 2002. Récord, junto a Andrei Piatnitski, se trató del futbolista que defendió cuatro patrias distintas, e increíblemente nunca jugó para la suya, la débil Georgia que no pudo contar con su hijo pródigo.

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