MANU DAY: EL 5 DE ARGENTINA

Gentileza Reuters | @Reuters

Por: Walter Silva | @WalFSilva10

Recuerdo estar parado en el Arena Carioca 1 aquel 17 de agosto de 2016, viendo -en un mar de lágrimas- ese momento en que un voluntario olímpico le hizo entrega de la pelota de su último juego con nuestra celeste y blanca, aunque esa tarde Argentina uso su uniforme azul. Ahí estaba, en la bandeja C, como un espectador más. Movilizado por esa unión que hicimos los hinchas presentes en cada cabecera, alentando, saltando y cantando todos juntos; haciendo que Carmelo Anthony aplauda a nuestro ritmo y que Floyd Mayweather no pueda creer la fiesta que hicimos aun cuando el partido lo habíamos perdido hace rato. En todo ese momento final se oyó un canto que tomó dos vueltas para que todos nos lo aprendiéramos.

(…) Nos trajiste medallas, nos trajiste alegrías, lo que hiciste en Atenas no se olvida en la vida (…).

Ahí estábamos, viéndolo irse con su última pelota olímpica, su mano derecha alzada y con mirada al suelo para llevarse sus lágrimas a lo más íntimo. Ahí estábamos, derramando lágrimas por ver cómo se despedía un emblema de nuestro básquet, de nuestro deporte.

Ese emblema al que le tocó ver, desde la tribuna, la clasificación a ese último Juego Olímpico obtenida por tres entrañables amigos y un grupito de pibes que pedía pista. Ese al que, el año anterior, una fracturita por estrés lo dejó afuera de un Mundial en el que todos, incluso él, nos ilusionamos con tenerlo luego de involucurarse con la realidad de la Confederación, luego de verlo tan comprometido.

Ese emblema que supo separar lo importante de lo esencial y que, luego de ausentarse del Mundial de Turquía en 2010 debido -principalmente- a su flamante y primeriza paternidad (encima doble, pues mellizos), volvió a vestir la 5 de Argentina con más madurez y el compromiso renovado para ser profeta en su tierra -junto a la mayoría de los integrantes de la Generación Dorada– en Mar del Plata, con la presión de no sólo clasificar a Londres, sino de salir campeón en casa. Y lo lograron, y lo logró.  Ya en tierras inglesas, nos regaló todo su repertorio de crack, tomando el protagonismo que le correspondía a una estrella sin olvidar que se encontraba en el equipo de figuras mundiales más solidario. También fue aquel que, con altura y respeto pero sin ninguna vergüenza, vomitó toda su frustración luego de que se le escape la medalla de bronce.

Ese emblema que nunca renegó de su papel de estrella en el período de 2001 a 2008; es más, siempre amó ser aquel que aportara soluciones y que la bola caliente pase por sus manos. Como así también se exprimió hasta el máximo, incluso cuando el cuerpo no quiso más -como en Beijing por el bronce y en la final de Indianápolis- y lo obligó a ver a sus compañeros desde el banco, entregándoles nada más -ni nada menos- que su total confianza y apoyo, así como también inspiración. No fue errada su elección como el abanderado de la delegación nacional en la capital china en ese 2008.

Entramos al vestuario y Manu estaba llorando, lloraba. Pero a mí, lo que pasó por mi cabeza fue ‘Pucha, el tipo lo ganó todo, es uno de los mejores jugadores del mundo y SE MUERE por estar en este partido y no puede. Y lo está demostrando’. Creo que eso, al grupo, le dio una motivación extra para salir a comernos la cancha como lo hicimos en ese partido.

Paolo Quinteros sobre Manu Ginóbili en la previa del partido ante Lituania por la medalla de bronce en Beijing 2008, Alma Naranja.

Y antes de ser ese emblema, fue ese chico que quiso mostrar que pertenecía a ese lugar, que merecía vestir la camiseta argentina. No por vanidad, o tal vez sí, pero con la convicción de que quería lograr cosas importantes con la selección. Seguramente, ese chico que jugó el Preolímpico en 1999 nunca se imaginó hasta dónde empujaría a la bandera nacional, así como tampoco se imaginó el legado que dejó cuando se despidió por ese pasillo del Arena Carioca 1, aquel día que quien suscribe lloró como un nene por última vez.

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