RIVER: EL QUIEBRE DE CINTURA CUMPLE HOY 42 AÑOS

Ortega y uno de los goles más lindos que hizo aprovechando su quiebre de cintura frente a Irlanda (Foto: Imagen de TV)

Se desconoce con exactitud si la primera finta la tiró en la sala de parto, pero nadie podría tildar de mentiroso al obstetra si cuenta una anécdota como él. Un 4 de marzo de 1974, exactamente 42 años atrás, nació en la septentrional Ledesma, uno de los mejores jugadores que ofreció el fútbol argentino en los últimos tiempos: Ariel Arnaldo Ortega.

Dueño de una gambeta y un quiebre de cintura inigualable, el «Burrito» creció en su Jujuy natal con el sueño de triunfar en el deporte más atractivo del mundo. Y fue el mismísimo globo terráqueo quien pudo deleitarse con el enganche natural que la árida tierra de la República Argentina le dio a su seleccionado.

Debutó con apenas 17 años en el primer equipo de River Plate enfrentando a Platense en cancha de Independiente de Avellaneda. Una semana más tarde, en el Monumental, festejó su primer título. Ni siquiera había terminado la Secundaria porque hasta a los maestros había gambeteado pero ya levantaba la copa del Apertura 1991 acompañando a jugadores de la talla de Ramón Díaz, el «Mencho» Medina Bello y Leonardo Astrada.

Su primer gol oficial se dio en la última fecha del Clausura de 1992 cuando el elenco de la banda colorada derrotó por 3 a 1 al Quilmes Atlético Club en lo que significó en el descenso del Cervecero y el último encuentro que los de Nuñez jugaron en la vieja cancha de Guido y Sarmiento. Y su carrera siguió a un ritmo imparable, como aquella corrida contra San Lorenzo de Almagro. Sólo él podía poner el freno y detener todo como lo hizo tantísimas veces adentro pero también afuera de la cancha.

Jugó para la Selección Argentina en el Mundial de 1994 con sólo 20 años y la obligación de reemplazar a un tal Diego Armando Maradona. Lo hizo sin que sus flacas piernas tiemblen. El «Burrito» no tenía miedo, nunca lo tuvo, sino jamás se hubiese animado a esquivar patadas por doquier en los terrenos de juego. Ganó la medalla de oro con la casaca albiceleste en los Panamericanos de 1995 y la de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Con River siguió dando vueltas olímpicas incluyendo la Copa Libertadores en 1996. Después el viejo continente lo esperaba con los brazos abiertos para empacharse de su magia.

Pasó por el Valencia, la Sampdoria y el Parma. Volvió al Millonario y se fue a Turquía donde incumplió un contrato y fue suspendido. A todo esto jugó el Mundial de Francia en 1998 con un final indigno para lo que significó su amor por la pelota. Previo a dicha copa metió un verdadero golazo en un amistoso ante Irlanda en Dublín dejando en claro que se trataba del único ser humano capaz de romper las leyes de la física y frenar todo un cuerpo en movimiento en un instante. También fue parte del elenco que Marcelo Bielsa convocó para la máxima competencia que se disputó en Corea del Sur y Japón allá por 2002 donde Ortega no tuvo revancha.

Su vuelta al fútbol tras los episodios extra-deportivos fue en Newell´s Old Boys de Rosario. Algo parecido a lo que había hecho Maradona en 1993 con la diferencia de flagelos que tuvieron ambos. En la Lepra dio la vuelta olímpica. Sin embargo ya no era más llamado para integrar el combinado nacional y con, tres décadas encima sumado a otros problemas, el nivel del «Burrito» decayó.

River le abrió la puerta dos veces más e incluso Maradona lo convocó en 2010 para jugar un amistoso contra Haití. Se retiró como profesional en el 2012, vistiendo la pilcha de Defensores de Belgrano, tras veinte años de carrera. El 13 de julio de 2013 en el Monumental se llevó a cabo su partido de despedida y el público lo ovacionó como a un verdadero ídolo.

Los amantes del fútbol millones de veces suplicamos que el tiempo se detenga en un instante único, inolvidable, para que el gozo del alma continúe alimentando el amor por este deporte. Uno de esos tantos pedidos seguramente incluya quedarse en la época del mejor momento que tuvo el jujeño, Ariel Arnaldo Ortega, que cumple 42 años. Porque se extrañan sus quiebres de cintura que no eran ni los mejores ni los peores del mundo. Eran los únicos que valían la pena.

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