HURACÁN 1 – SAN LORENZO 1: UN CLÁSICO PARA LLORAR

No era un clásico más porque en verdad nunca lo son. Siempre en un partido de este tenor se ponen en juego muchísimos aspectos pero, el primero oficial del 2016, tuvo un sabor aparte. El Globo, con un hombre de menos y un arbjitra cuestionable de Fernando Rapallini, logró la heróica en la última jugada del encuentro y le empató el encuentro al Ciclón por 1 a 1 en Parque Patricios.

El fútbol sin lugar a dudas es mágico. Un equipo puede llegar mejor que otro a una contienda pero durante 90 minutos, generalmente, se equilibran todas las diferencias. Tal como lo calificaba Dante Panzeri, es «la dinámica de lo impensado». Todo esto se notó en el Tomás Adolfo Ducó durante la contienda que disputaron Huracán y San Lorenzo. El local, aún shockeado por el terrible accidente sufrido en Venezuela, recibió en su casa a un visitante que de a poco empezó a plasmar la idea de Pablo Guede en la cancha y a convencer a los hinchas que el planteo del ex director técnico de Nueva Chicago es correcto. Claramente había mucho más que tres puntos en juego.

Tras un primer tiempo para el olvido donde ambos de olvidaron de lo más importante, las emociones llegaron apiladas en la complementaria. El 0 a 0 de los 45 minutos iniciales careció de contenido y fueron los mediocampistas centrales quienes brillaron ante las opacas actuaciones de los delanteros. Sin embargo la visita sabía que no podía dejar de pasar la chance de cara a mantenerse en la cima del campeonato frente a un oponente diezmado. En cambio el equipo de Eduardo Domínguez, conociendo sus limitaciones propias tuvo que ajustarse a las ajenas para no quedarse con las manos vacías en el derby.

La primera situación de la segunda mitad estuvo en los pies de Mauro Bogado cuando apenas se jugaban segundos. Allí Sebastián Torrico tuvo que esforzarse para desviar la bola al córner. En la contra lo tuvo Ezequiel Cerutti y fue Marcos Díaz quien hizo lo propio ante el ex Sarmiento de Junín. Más tarde fue Matías Caruzzo quien de cabeza desaprovechó una oportunidad única en la puerta del área chica. Y como el dueño de casa no quería ser menos, Daniel Montenegro remató con el arco prácticamente a su merced para abrir la cuenta pero el guardameta del Ciclón llegó con lo justo para mandar el esférico al tiro de esquina.

Estaba entretenido el clásico hasta que Rapallini, el árbitro de la contienda, se robó el protagonismo. Porque amonestó por doquier pero se olvidó de expulsar a Néstor Ortigoza hasta que Guede se avivó y reemplazó al paraguayo por Mauro Matos. A todo esto una fuerte infracción dejó fuera del partido a Matías Frizler, uno de los pilares del Quemero. Enardecida por los fallos, la gente del conjunto de Parque Patricios se resignó cuando a los 24 minutos Fernando Belluschi empujó un centro desde la banda derecha y marcó el 1 a 0. Ahí parecía que se terminaba todo para los de Eduardo Domínguez que ya sentían el trajín del encuentro y las energías se iban apagando de a poco.

Sin embargo Huracán sacó fuerzas desde lo más íntimo, de la unidad de un plantel que logró mucho en tan poco tiempo, y salió a pelearle en los minutos finales tanto a San Lorenzo como al colegiado de la tardenoche en el Ducó.

Pudo empatarlo Ramón Ábila de cabeza a la media hora y después tuvo su chance Cristian Espinoza. El primero se fue apenas desviado mientras que el segundo, en mejor ubicación, no tuvo puntería. Pero el coraje de ir a buscar la igualdad existía como así también los riesgos de que la visita, en una contra, liquide todo y arme una bolsa para llevarse los tres puntos a Boedo. Para colmo de males, a cinco del epílogo se fue expulsado Mario Risso en la escuadra local y todo parecía más difícil. Hasta que Rapallini adicionó cuatro minutos y todo empezó a jugarse en campo del Cuervo. Marcos Díaz completamente adelantado era una especie de doble cinco que, perdido por perdido, se encargaba de meter pelotazos en territorio contrario. Uno de esos fue rechazado por Caruzzo cuando al juego le quedaban pocos segundos. Entonces Alejandro Romero Gamarra puso un centro pasado que volvió a cruzar el área y ahí estaba Wanchope para empujar, con el último suspiro, la bola dentro del arco.

El fútbol es mágico, nadie puede negarlo. Lo que San Lorenzo tenía cocinado, sin jugar bien y posiblemente sin merecerlo, lo echó a perder en la última jugada del partido. Las lágrimas de emoción estaban nuevamente del lado de Huracán que con un coraje de película empató el clásico 1 a 1 y demostró que el equipo de Domínguez está más vivo que nunca.

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