Para las personas nacidas post-década del ’70, los autos deportivos lanzados al mercado tienen cierta mística. Uno los ve y en cierta manera siente amor a primera vista, pasando tanto con los de fabricación local como el Torino, la Chevy, el Falcon y o la GTX que, al ver esas carrocerias ‘musculosas’, la potencia natural con la que contaban, el rugir del motor entremezclandose en los estados perfectos mejor que cuando salieron de sus respectivas fábricas en muchos casos, despiertan las miradas y caras de asombro a gente que no es fanática de los fierros inclusive.
Un auto en particular de esos que aún no perteneciendo al parque automotor argentino lleva muchos suspiros, es sin lugar a dudas el Dodge Charger. Fabricado por primera vez en 1966 y ya visto como un pura sangre, comenzó a ganar adeptos y compradores fácilmente debido a sus prestaciones por ser un auto de buen porte como a los 426 cm3 del poderoso HEMI que duerme debajo del capó, catalogado muchas veces como el motor y más potente del mercado estadounidense.
Aproximadamente cincuenta años más tarde, a pesar de haberse rediseñado en 2006 como un Sedán, el Charger sigue siendo sinónimo de potencia bruta gracias al sobrealimentado HEMI V8 de 6.2 litros, generando 707 caballos de fuerza denominado como Hellcat (gato endemoniado), aumentados a 797 con la última modificación denominada Redeye (Ojos Rojos).
En las picadas que suelen suceder en nuestro país, tiene un récord de 7.66 considerándolo como el Sedán más rápido del mundo, al menos con motor a combustión, ya que el Tesla S (100% eléctrico) tiene algo que decir en cuanto a ese rubro.
Hay mucha gente que conoció a esta bestia por Rapido y Furioso. Desde el Charger del 70′ a éste último, apareciendo en la novena entrega de la saga. Lo cierto es que a los amantes de los autos y a los siempre al tanto de las novedades de este mundo, les continúa despertando sensaciones únicas en cada mirad.
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