Las chances de una gresca eran enormes y gran parte de la culpa la tuvieron los organismos de seguridad así como también los dirigentes. Mientras en Córdoba hace rato aseguraron una capacidad para los de Liniers, en el José Amalfitani hubo venta de entradas para «neutrales» que claramente fueron hinchas del Matador infiltrados. Olía a podrido y así lo fue.
Ya de movida, y como si nadie pudiese distinguir colores o tonada en la voz, la gente de Talleres comenzó a colmar las calles de Villa Luro. Las redes sociales se inundaron de albiazul en las rutas y se sabía, a las claras, que el José Amalfitani tendría «visitantes». Nadie impidió ello y hasta quedaron arrinconados en la platea alta sur hasta que los de Vélez Sarsfield fueron a su búsqueda.
El clima ya estaba tenso. Cuando los de Barrio Jardín salieron a calentar, sus fanáticos no pudieron contenerse. Antes del partido bajó de esa grada el famoso «Soy Talleres». Estaban completamente expuestos aunque, en la locura de esta República Argentina, tranquilamente podían ingresar como «neutrales» hasta que escogieron identificarse a viva voz.
En el entretiempo la cosa se puso peor. Los de la T arengaban y los del Fortín le respondieron «vos sos de la B». Hasta que, finalmente, cuando ya el desenlace era inexorable, un grupo de forajidos del conjunto local ingresó sin impedimento alguno a la platea alta sur y comenzó con los golpes de puño y hurto de cualquier tipo de bandera o insignia del Matador.
La lucha por la vuelta de los visitantes tendrá un nuevo capítulo el miércoles próximo en el Mario Alberto Kempes donde, el presidente de Talleres, ya aseguró una cantidad de tickets exclusivamente para los hinchas de Vélez. La revancha ya se olfatea. Y depenede de los energúmenos que quieran seguir peleando sin sentido alguno que cualquier familia tenga la posibilidad de darse el lujo de ir a ver sus colores lejos de casa.
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