Lo sucedido con Vinicius el pasado domingo en cancha de Valencia detonó un problema que se ha expandido a lo largo de los años por todo el globo terráqueo. El propio Carlo Ancelotti confesó que en Inglaterra eso se acabó. No obstante, en Argentina, los esfuerzos fueron en vano.
A mediados de los noventa, las canciones que antes eran de aliento pasaron a tener otra prosa, versos más agresivos. Los cánticos hablaban de homosexualidad, de nacionalidades, de pieles, y hasta incluso, en algunos casos, de religión.
Durante un tiempo, AFA ordenó a los árbitros a interrumpir las acciones cuando escuchasen que las hinchadas suelten agresiones verbales desde la tribuna. Sin embargo, a pesar de parar varias veces una contienda, nunca se suspendió un partido por ese motivo.
Así también, la doble moral permitió que los fanáticos pudiesen burlarse de sus oponentes por aspectos físicos. Y en pocas situaciones, un juez decidió parar la pelota cuando ante un fallo dudoso, toda la grada apuntaba agraviando a su madre.
Poner fin a la discriminación es una tarea de todas las áreas. No sólo comienza por marcar lo que sucedió en España. También hay que transportarlo a las canchas de Argentina y dejar de lado todos aquellos insultos que ya pasaron de moda y hoy en día parecen repudiarse nomás detrás de un teclado.
Foto: Gobierno de la Nación