Al rival hay que pisarlo. Del segundo no se acuerda nadie. Cada vez son menos los alientan desde el cielo. Y para peor, en épocas de derechos humanos por doquier, aquellas groserías que van desde el saludo a las madres hasta la discriminación y el castigo por no haber nacido en Argentina. El fútbol cruzó un límite otra vez anoche en el partido entre Huracán y Estudiantes. ¿Vale todo o ya no vale nada?
En un país donde nunca se pudo frenar la reventa de entradas, el ingresar a River – Patronato de esta noche cotiza 10 mil pesos para los turistas. «Para ellos no es nada, son 50 euros» argumentan desde el ostracismo aquellas personas que de alguna u otra forma están en connivencia con alguien que, puertas adentro, le facilita los tickets. Odio, rencor, viveza, o como quieran llamarlo.
Volviendo al episodio del Ducó donde Mariano Andújar agredió a unos hinchas del Globo al finalizar el encuentro, la novela continuó a posteriori. Al ex guardameta del Palermo de Italia le labraron un acta de contravención por lo sucedido y el arquero se descargó por sus redes sociales explicando que lo estaban insultando con su «padre fallecido».
Lejos de justificarse, Andújar pidió perdón menos a los tres o cuatro que le «gritaron barbaridades» y que según deslizó conocían vida y obra de su progenitor. Justamente en un país donde el bilardismo es moneda corriente y hasta una forma de vida adoptada, simpática, frecuente y hasta casi religiosa, cabe recordar que no se trató de un episodio único.
Aquél Estudiantes con el «Doctor» como jugador solía utilizar la muerte para sacar de partido a sus rivales. En un pleito contra Independiente cargaron contra Raúl Bernao que, accidentalmente, había matado a un amigo en una noche de cacería. Los jugadores del León, a cada rato, le decían «asesino» al delantero del Rojo. Antideportivo como mínimo.
De igual manera, ese mismo grupo de «profesionales» forzó la expulsión de Roberto Perfumo en un partido ante Racing. En una pelota detenida, los jugadores se le acercaron a Agustín Mario Cejas, guardameta de la Academia y según contó Carlos Juvenal le dijeron: «¿Así que tu vieja, la que se murió, era p…?». El Mariscal salió en defensa de su compañero y terminó viendo la tarjeta colorada.
El episodio de anoche entre Andújar y un puñado de hinchas de Huracán no fue algo ajeno. El hincha tomó el estadio como un lugar de descarga. Como si pagar una entrada o una cuota social lo habilita a insultar por doquier durante 90 minutos sin importar siquiera los límites que se cruzan. Poco vale el respeto y la vida por el otro.
Un torneo con 28 equipos en la Liga Profesional y con 37 en la segunda división. Un fútbol sin visitante en Argentina hace bastante tiempo y muy lejos de concretar un regreso pacífico de los mismos. Un país con más de la mitad de su población bajo la línea de la pobreza. Y la gente que utiliza 90 minutos del deporte más hermoso de todos para ir a descargar todas sus broncas, sus injusticias, sus miserias.
«Del segundo no se acuerda nadie» dirá Romualdo como si su ferretería fuese la mejor del planeta. O tal vez quien escribe esta misma nota, que alguna vez fue de esos energúmenos que apoyó esa moción y ni cerca está de jugar en las ligas superiores del periodismo. Pero al jugador se lo exige y se lo insulta sin importar más nada porque en el fútbol argentino vale todo. O tal vez, el fútbol argentino ya no vale nada.
Foto: Photo by JUAN MABROMATA/AFP via Getty Images