Tal vez ese minuto de silencio de TyC post derrota ante Croacia haya sido lo mejor de lo peor que ofreció el periodismo argentino en Rusia 2018. No por su horrendo significado sino porque, al menos, no hablaron durante algunos segundos y evitaron seguir llenando horas al aire con opiniones y sin certezas. Que Sampaoli no dirige más, que el equipo lo arma Messi pero no Lionel sino Jorge, que Pavón le pegó a Mascherano, que Tapia esto, que los dirigentes aquello. Todo sin sustento, sólo por ráting. Y con el correr de las horas el hincha no debe olvidar lo sucedido para darse cuenta que no había un quiebre en la Selección sino una fuerte fractura en el periodismo.
No vamos a entrar en el juego de los culpables, de señalar con el dedo. No deben caber dudas que el plantel puede estar dolido por los resultados obtenidos hasta el momento, pero los profesionales de la información hicieron lo necesario para ganar protagonismo frente a los verdaderos protagonistas. O mejor dicho, hicieron lo innecesario porque apelaron una vez más a que la memoria del pueblo es cortoplacista y que, un triunfo que nos deposite en octavos, genere esa amnesia colectiva que los haga olvidar a los hinchas del abanico de boludeces que ofrendaron frente a un micrófono.
Que el periodismo esté fracturado no es nuevo. Posiblemente sea una de las profesiones más envidiosas que existe sobre la faz de la Tierra. En Rusia 2018 se desnudaron rencores. Los de TyC Sports peleándose con los de Radio Mitre, otros quejándose por no tener los derechos televisivos. Futbolistas ocupando el lugar de los mismos colegas que luego mueren por una nota con ese jugador. Estudiantes de una carrera que en el futuro mueren por ser fulano perdiendo el claro objetivo que deben ser ellos mismos y no la imagen paupérrima que brindan otros.
Los medios perdieron hace rato su moral y sus piezas lo saben pero cuidan sus fuentes de trabajo. Esas empresas que a Vermouth Deportivo le roban imágenes son las mismas que quieren muchas veces instaurar que la Selección está fracturada para conmocionar a toda la masa de seguidores. Pero en verdad, lo que está roto es el periodismo. Y también las escuelas que, avergonzadas y antes de las vacaciones de invierno, deberían sumar horas frente al alumnado para enseñar lo que no deben hacer los profesionales cada vez que tengan una cámara, un teclado o un micrófono en sus manos y no sepan como cautivar a la audiencia.