Cristian Lucchetti es un experimentado arquero argentino, reconocido por su vasta y extensa trayectoria que lo tiene en el verde césped desde 1996, cuando debutó con la camiseta de Banfield enfrentando a Boca Juniors. Hoy, a más de dos décadas de su estreno en Primera, con 38 años demuestra que sigue en vigencia bajo los tres palos defendiendo los colores de Atlético Tucumán.
Pero, más allá de su brillante actuación ante Vélez, valiéndole la clasificación a semifinales por primera vez en la historia del Decano, el nacido de Luján de Cuyo es noticia por una intimidad hasta el momento desconocida. Lucchetti, en una entrevista con Página 12, contó que desde el 2004 descubrió que padecía diabetes: «Me había desgarrado en un partido de Banfield contra Estudiantes por la Copa Sudamericana y tardaba más de lo normal en recuperarme porque el dolor no se iba. A eso se agregó que durante dos o tres días empecé a tener la necesidad de hacer pis muy seguido, algo que jamás me había sucedido. Entonces le pregunté al médico qué podía ser y me mandó a hacer unos estudios. Ahí los análisis de sangre en el laboratorio dieron la glucemia en valores altos y me enteré al poco tiempo que tenía diabetes».
Ser insulino-dependiente genera un cambio, no sólo en cuanto a los cuidados, sino también desde las fortalezas anímicas. Y de esta manera lo reflejó el hombre de 38 años: «Lo primero fue el miedo lógico de saber que tenés una enfermedad, con la que encima vas a tener que convivir siempre. También se agregaba el hecho de tener que ponerme insulina sin saber qué efecto podía tener en mi cuerpo. Fue difícil jugar los primeros partidos sabiendo que era diabético, por el miedo a no saber cómo podía reaccionar mi organismo. Pero nunca me impidió hacer nada ni me perjudicó, incluso la diabetes se transformó en un desafío que me ayudó a levantarme todos los días con más ganas».
Siguiendo con las «confesiones», Lucchetti contó como es su rutina en la diaria, los controles que realiza y cómo se trata los días de partido: «El primer control lo hago al despertarme, después antes de almorzar, cuando me despierto de la siesta, previo a la cena y antes de irme a dormir. Son cinco o seis veces por día seguro, y me pongo insulina entre cuatro y cinco veces por día. Me mido los valores antes del partido, en el entretiempo y cuando termina. Lo ideal es tener la glucemia en valores cercanos a 100, pero yo no puedo jugar un partido con menos de 200 o 250 por las alteraciones que se producen con la exigencia física y la adrenalina de la competencia. Necesito esos valores a la hora de jugar, que no son los ideales en una persona normal, para no tener un episodio de hipoglucemia y desvanecerme en el medio de un partido».
Para concluir, el mendocino comentó cuánto cree que se le dificultará su enfermedad una vez que diga adiós a las canchas como profesional: «Me parece que va a ser más complicada, porque yo manejo mucho los valores de la glucemia haciendo ejercicio. La actividad me ayuda a colocarme menos insulina o a comer más si tengo hambre. Me doy cuenta que va a ser así porque en las dos semanas que tenemos de vacaciones mis valores cambian al no tener la intensidad de los entrenamientos y los partidos. Por eso creo que me va a costar más».