Recordar lo que fue el Mundial de Corea-Japón 2002 es volver a tocarse la herida que aún no cicatrizó. Por más que ya esté cerca de cumplirse la segunda década de aquella primera Copa del Mundo en tierras asiáticas, la lastimadura aún persiste. Hace exactamente 18 años, la Albiceleste debutaba con un triunfo por 1 a 0 sobre Nigeria y Gabriel Omar Batistuta convertía su último gol con el seleccionado nacional.
Como en toda esa cita máxima, excepto el partido con Inglaterra, hubo que madrugar o seguir de largo para ver las actuaciones de Argentina. La euforia y la fe iban de la mano. Una eliminatoria redonda, un plantel exquisito, algunos roces en cuanto a quién tenía que ser el nueve de área pero la confianza plena en lo que dictaminaba un experto como Marcelo Bielsa.
El debut en Corea-Japón 2002 fue soñado porque el triunfo por la mínima diferencia colocaba a la Albiceleste como puntera absoluta de la zona. Horas más tarde, en Saitama, los británicos igualarían con Suecia en un resultado que lastimosamente terminó perjudicando a los sudamericanos.
Ahora bien, centrándose en la efeméride, esa tarde japonesa con un sol radiante tuvo un solo protagonista. El equipo de Bielsa dominó completamente las acciones pero no le encontraba la vuelta para vulnerar la valla de Ike Shorunmu. Los africanos llegaban también como posibles cucos pero ni Jay Jay Okocha ni Nwankwo Kanú lograron inquietar a la retaguardia de Pablo Cavallero, inexplicable fetiche del ´Loco´.
El tanto del triunfo llegó a los 18 minutos de la segunda mitad. De un córner pasado, y cuando todo indicaba que se perdería por línea de fondo, Batistuta entró como una tromba de esas que había mostrado en sus mejores épocas de la Fiorentina y conectó de cabeza. El 1 a 0 desató la locura y el festejo de una selección que ya, a esa altura, merecía por lejos estar ganando en el encuentro en Ibaraki.
Lo que nadie imaginó post victoria ante Nigeria era que ese fue el último gol del santafesino con la casaca de Argentina. Ni que los de Bielsa tan sólo volverían a convertir un tanto más en todo ese Mundial. Ni que diez días más tarde llorarían todos en el vestuario como lloramos los demás en nuestros hogares. Pasaron 18 años de la última gran sonrisa que Bati le arrancó a todo un país que no lo olvida.