No cualquiera mete un gol en un Superclásico pero el tipo fue e hizo uno en tiempo de descuento y con la nuca. No cualquiera queda en la historia grande de Gimnasia La Plata dándose el gusto de sentirse campeon e incluso anotando en aquella inolvidable final de la Copa Centenario ante River. No cualquiera se va sin despedirse a los 52 años y dejando un vacío inexplicable en los corazones futboleros. Pero se fue él, Hugo Romeo Guerra, y cada línea que se escribe lleva consigo una tristeza profunda de aquellos que supimos disfrutar de los domingos y sus emociones gracias a los festejos del atacante charrúa.
En los noventa triunfaban algunos compatriotas suyos en Argentina. Enzo Francescoli en River, el «Manteca», Sergio Martínez, en Boca. En un paso fugaz volvió Rubén Paz a lucir la camiseta de Racing. De hecho allá por 1992 aparecía el «Maestro», Oscar Washington Tabárez, para conducir al Xeneize a un título después de once años. Sin embargo este uruguayo nacido en Canelones también estaba presente siempre. Ya sea con la pilcha del Lobo, con su transferencia a Huracán, con el sueño de levantar a un Ferro que de a poco empezaba a despedirse de las grandes ligas.
Su partida fue inesperada. Apenas con 52 años recién cumplidos pues era pisciano del 18 de marzo, el atacante que dejó grandes recuerdos por los clubes donde forjó su carrera, jugó al fútbol con amigos hasta ayer mismo. El dolor es inmenso, sin distinción de camisetas. ¿Quién no lo puso en el Gran DT? ¿Quién no apretó fuerte el puño festejando un gol del Globo o del Verdolaga sabiendo que el charrúa sumaba en el torneo que apasionaba a los argentinos ya que finalmente podían sentirse entrenadores?
Será muy recordado por el nucazo pero también le ganó una final a River defendiendo la camiseta de Gimnasia. Esa tarde, hizo un gol de palomita para que el Lobo celebrase un título inolvidable. En aquella jornada, justamente, también anotó un joven llamado Guillermo Barros Schelotto. Quedó en la historia de esos jugadores que debían ser llamados con su nombre completo para que no sea necesario seguir presentándolos. No era ni Hugo, ni Guerra. Era Hugo Romeo Guerra y se fue sin despedirse. ¡Qué en paz descanses, «yorugua»!