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NUESTRA CULPA EN LOS FRACASOS DE LA SELECCIÓN

Tuvimos al mejor del mundo. Tenemos al mejor del mundo. Somos los mejores del mundo. ¿Les suena conocido? ¿Lo escucharon al menos una cien veces en sus vidas?. Creo que muchísimas más. Y por eso mismo, por esa idiosincrasia que nos caracteriza a nivel mundial, la responsabilidad de los fracasos de los seleccionados nacionales argentinos también recae en cada uno de nosotros.

Sin lugar a dudas que la gente no es quien se prepara y entra a jugar. Tampoco somos los entrenadores que evalúan y escogen entre jugadores y tácticas. Pero hay ciertas verdades que, con el correr de los años, nos condenan a nosotros mismos como fieles amantes y seguidores de la celeste y blanca.

Año 1986. Argentina clasificada al máximo evento de fútbol por la ventana tras un agónico empate contra Perú. Un viaje a tierras aztecas, Daniel Passarella desafectado, rumores de vedettismo dentro del plantel y expectativas nulas. El resultado lo saben todos: campeones del mundo y el famoso «perdón, Bilardo».

Desde ahí, y sacando las dos Copa América conseguidas en 1991 y 1993, el resto es parte de una historia compartida. Errores por todos lados pero, principalmente, propios por ser dueños de una ilusión, por creernos superiores al resto y volcar nuestros sentimientos de acuerdo a lo bien o mal que un par de jugadores puedan caernos.

Pecamos de soberbia cuando en Italia 90 debutamos perdiendo ante Camerún y después le echamos la culpa a Edgardo Codesal por el penal en la final cuando, objetivamente, el combinado celeste y blanco llegó a esas instancias con más fortuna que fútbol. Luego, el responsable de la eliminación en 1994, fue João Havelange con la doctora que se llevó al doping a Diego Maradona. Tan ciegos estábamos que rápidamente optamos por pensar que se trataba de una cama, a pesar de conocer la clara inconducta de quien hasta ese momento era «el mejor del mundo».

En 1998, con la eliminación consumada en cuartos de final, nos volcamos hacia un Passarella que solamente convocaba jugadores de River. Estábamos convencidos que el seleccionado tenía todo para ser campeón pero por Ariel Ortega nos quedamos afuera. Sin dudas, el «Burrito» nunca tuvo la espalda del «Diego» como para evitar ser el blanco de las críticas.

Sin embargo renovamos la ilusión en el 2002 con Marcelo Bielsa al frente del equipo. El «Loco», que hizo unas eliminatorias inmaculadas, llegó a Corea – Japón con una obligación extrema. Nos tocó el grupo de la muerte, pero una vez más creímos ser mejores que el resto. Y para amortiguar el golpe pusimos como excusas a Juan Sebastián Verón y al mismo entrenador que negó en todo momento lo que pedía el pueblo: una dupla de ataque compuesta por Hernán Crespo y Gabriel Batistuta.

Ya en 2006, un poco curtidos por la escasez de alegrías, nos planteamos por qué José Pekerman (generador de tantísimos campeonatos del mundo juveniles) no incluyó a Lionel Messi contra Alemania. La «Pulga», indiscutiblemente nuestro nuevo «mejor jugador del mundo», miró, enfadado desde el banco de suplentes y con los auriculares puestos, cómo nos dejaba Alemania fuera del certamen.

Pero en 2010 llegó Maradona. Intocable, el Diego, estuvo ajeno de muchas críticas simplemente por tratarse de él. Sin embargo de a poco se fueron filtrando la cuestionada convocatoria a Ariel Garcé, su agónica clasificación a Sudáfrica y el poco entrenamiento profesional que hubo en tierras africanas donde una vez más fuimos superado ampliamente por los teutones.

Entonces las ilusiones se renovaron en el 2014. Nos burlábamos de Brasil preguntándole qué se siente tener en casa a nosotros mismos, los más lindos, los mejores, sin dudas. Nos reíamos de España que quedó eliminada en primera ronda. Pero una vez más nos quedamos con las manos vacías, creyendo ser los más grandes y perdiendo nuevamente ante Alemania.

Algo parecido nos sucedió en la Copa América. En el 95 la culpa fue la mano de Tulio, en el 97 que Passarella decidió llevar a jugadores del medio local, en el 99 estuvo Martín Palermo que erró tres penales en un mismo partido. Incluso en la última, en 2011, jugada en nuestros propios estadios, terminamos discutiendo al mismísimo Messi y reconociendo que Carlos Tévez tal vez ya no era el «jugador del pueblo».

Es ahí cuando entonces volvemos a reirnos de Uruguay sin darnos cuenta que tiene tan sólo 500 mil habitantes más que la Capital Federal pero ganó más torneos continentales que nosotros y que, también, cuenta con la misma cantidad de Copas del Mundo. Por eso buscamos disfrutar de las desgracias de los brasileros que pronto van a necesitar la otra mano para contar cuántas veces se quedaron con el máximo trofeo del planeta. Y viendo las penurias, pero sin hacer un mea culpa de que tal vez no seamos los mejores del mundo, cruzamos el océano. Entonces gozamos de Inglaterra, de Holanda, de España. Nos reimos de la Italia multicampeona que se lleva nuestros jugadores para nacionalizarlos y así poder armar un equipo competitivo de once muchachos.

Es probable que tenemos la carne de exportación más rica de todas, lo que no sabemos es cómo disfrutarla puertas hacia adentro. Recientemente elimnados en primera ronda del Mundial Sub 20 ante rivales como Panamá, Ghana y Austria, nos queda pensar en la Copa América que se avecina. Hay un sólo objetivo claro y es el primer puesto en tierras chilenas. O tal vez darnos cuenta que el fútbol es la dinámica de lo impensado y que, realmente, no somos los mejores del mundo.

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